TERRA NOVA: Tus terrores favoritos

 

DSC_0496Ya tenía casi decidido inaugurar este espacio con la crítica de una novela de esas muchipremiadas que no me ha gustado mucho, de hecho ya tenía el texto a medio escribir, cuando se me ocurrió que empezar haciéndose mala sangre y llevando la contraria a todo el mundo era empezar con mal pie. Mucho mejor empezar hablando de temas más gratos, como por ejemplo de la antología de ciencia ficción contemporánea Terra Nova, una colección de relatos largos y cortos, escritos originalmente en inglés o en español y, estos últimos, de uno u otro lado del Océano Atlántico. No es que sea lo más normal encontrarnos con este tipo de amalgama en nuestro mercado editorial y hay que decir que resulta todo un placer comprobar lo bien que conviven los grandes nombres de aquí (Víctor Conde) y allí (Ted Chiang), los novísimos (Ken Liu) y los veteranos (Ian Watson) con otros desconocidos (al menos para mí).

Mariano Villareal y Luís Pestarani, los artífices del invento, comenzaron a ponernos los dientes largos hace algo más de un año cuando anunciaron su proyecto en este blog de wordpress, al tiempo que aprovechaban para declarar abierto el plazo de presentación de originales. Los relatos deberán adscribirse a las temáticas de ciencia ficción, fantasía, terror, u otras afines, entendidas éstas siempre como no realistas. No obstante, se aceptarán con preferencia aquellos relatos encuadrables dentro de la ciencia ficción de futuro próximo, cercana a los problemas e inquietudes de nuestro presente y carácter más especulativo, así de prometedoras sonaban las bases de la convocatoria. Claro que en el post de presentación, que finalmente se convertiría en el foreword del libro propiamente dicho, también aludían como un fenómeno a celebrar la relativa pérdida de las señas distintivas del género y el hecho de que novelas como La chica mecánica de Paolo Bacigalupi, La carretera de Cormac McCarthy, La mujer del viajero del tiempo de Audrey Niffenegger, Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro, El sindicato de policía yiddish de Michael Chabon, El cuento de la criada de Margaret Atwood ó El mapa del tiempo de Félix J. Palma, triunfen hoy al margen de portar o no una etiqueta genérica: se trata de ciencia ficción escrita desde una óptica más cercana a las preocupaciones e inquietudes del lector contemporáneo. Esto creo que es, propiamente, confundir la madurez artística de un género con la proyección comercial del mismo. Un error muy propio de editores.

Con esos mimbres, si estos cuentos estuviesen escritos en los setenta abordarían temas como la superpoblación o la organización de la sociedad tras la inminente guerra nuclear, pero como están escritos hoy, es decir, más o menos por las fechas en las que se solían ambientar aquellos relatos, abordan problemáticas completamente distintas. Vamos a verlas.

La Globalización y Nosotros que la Quisimos Tanto.

Chávez regala a Obama Las Venas Abiertas de América Latina, dicho así parece broma.

Chávez le regala a Obama Las Venas Abiertas de América Latina, dicho así parece una broma.

¿Se acuerdan cuando la palabra globalización no se caía de las bocas de los presentadores del telediario? ¿Cuando todos íbamos a hacernos ricos con las sinergias y nuestro país era el goloso objeto de deseo de cienes de miles de inmigrantes que querían su cacho del pastel? Esto fue antes de que dicho meme (meme de memez, claro) fuera sustituido por LA CRISIS, claro, un fenómeno que a los ingenuos les puede parecer de signo contrario, pero que es el mismo visto desde el otro lado del embudo. En este sentido, resulta muy pertinente la cita de Eduardo Galeano, extraída de su clásico Las Venas Abiertas de América Latina, que encabeza uno de los cuentos de la antología: La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder.

El Zoo de Papel, del galardonadísimo Ken Liu, aborda el tema desde una perspectiva intimista. El miedo a la pérdida de nuestras raíces y señas de identidad culturales en medio del tótum revolútum contemporáneo. El miedo, sobre todo, a darnos cuenta demasiado tarde de que hemos perdido los juguetes que nos hacían felices por ir detrás de los que parecían más brillantes y atractivos en el escaparate. Se trata de un relato muy breve y contenido, lo que juega a su favor y finalmente lo salva de la quema, ya que el intimismo es una mierda delicada: si te pasas, no vale.

También habrá que señalar para escándalo de puristas que es el único cuento de la antología que no puede encuadrarse en la ciencia ficción ni con la mejor voluntad del mundo. Como mucho, new weird.

Cuerpos, de Juanfran Jiménez, el relato del que robé la cita de Galeano, es un thriller del futuro cercano en el que la tecnología del intercambio de mentes abre nuevas posibilidades de explotación para la industria turística y los acaudalados europeos (?) disfrutan del turismo sexual sin complejos y sin condón ocupando literalmente los cuerpos de nativos del tercer mundo mientras a ellos les cuidan los suyos en instalaciones supervisadas y provistas de gimnasio, sauna y jacuzzi.

El relato cuenta las peripecias de un veterano guerrillero que pretende aprovecharse de esta tecnología para escapar de la justicia de su país y de las cariñosas atenciones de sus antiguos camaradas de revolución y está escrito en el estilo ágil de los bestsellers, incluidos los personajes estereotipados y los frecuentes cambios del punto de vista narrativo.

El autor, pese a resultar desconocido para mí, lleva al menos una década ganado concursos de cuentos a lo largo y ancho de nuestra geografía. Ya se ha hecho tres veces con el premio de microrrelatos de El Mundo y es asiduo finalista de todos los certámenes en que participa, así que si usted tiene pensado presentar algo suyo a un concurso y se entera de que él también se presenta, no se haga muchas ilusiones.

Relaciones Personales: Bienvenido a la Jaula de los Monos.

¿Problemas para relacionarte? Tenemos la solución.

¿Problemas para relacionarte? Tenemos la solución.

Cuentan las crónicas que hubo una época, probablemente en tiempos de nuestros abuelos, en la que las relaciones humanas no representaban un problema grave para casi nadie. Uno se hacia amigo o enemigo de los vecinos y de la gente de su entorno cercano, se casaba con quien podía y se ponía a tener hijos sin pensar jamás en el divorcio, más que nada porque no existía. Es decir: uno se contentaba con la suerte que le había tocado ¿Es eso posible? No lo sé, pero que conste que de lo que aquí estamos hablando es de la hegemonía del concepto de familia tradicional con sus roles fijos y demás, esa antigualla que saltó por los aires, junto a tantas otras cosas, durante la década de los sesenta y que no ha vuelto a levantar cabeza desde entonces, por mucho que determinados sectores se empeñen en hacerle la reanimación o incluso insistan en que está siendo asesinada ante nuestros propios ojos precisamente por aquellos discursos teóricos que intentan dar cuenta de esos profundos cambios sociales.

Deidre, de Lola Robles, nos traslada a un futuro en el que la gente ya ha tirado la toalla y recurre a la robótica para fabricarse compañeros sexuales y sentimentales a medida. La mala noticia es que esta panacea tampoco funciona como se esperaba, y las parejas así constituidas se enfrentan a los mismos peligros que las otras a poco que uno pretenda dotar a su robot de un mínimo de autonomía de pensamiento e intereses propios, es decir, a poco que uno pretenda relacionarse con otra persona (distinta) y más o menos real y no con un pálido reflejo de su propio ego.

Se trata de un cuento certero y bien construido, probablemente mi favorito de todo el lote. Narrado en gran parte mediante diálogos que, a pesar de centrarse a menudo en temas morales, reflejan bien y sin estridencias el habla de las personas humanas españolas de esa o cualquier otra época.

El hecho de que la protagonista sea una mujer homosexual y de que la autora imparta un taller de lectura de literatura fantástica desde una perspectiva feminista y queer, me parece a mí que no debería influir para nada en la percepción del lector. Además, no se puede decir que las relaciones homosexuales resulten sorprendentes ni innovadoras a estas alturas de la jugada…

La que sí se preocupa de presentar esquemas de relaciones raras o exóticas es la argentina Teresa P. Mira en su cuento Memoria, y para ello recurre un marco que es clásico en el género, el de la colonización de Marte. La historia, sin embargo, se aleja pronto del clasicismo de un Ray Bradbury o un Kim Stanley Robinson para adentrarse en los pantanosos dominios de un Samuel R. Delany, invocando de esta manera lo más hardcore de la new wave. Pero es un Delany mal, no sé si me entienden.

Mientras escribía la frase anterior, me esforzaba en concretar qué era lo que me había irritado tanto de la lectura de Memoria y llegué a la conclusión de que no era la relación bisexual a tres bandas que se plantea entre un mutante y dos jóvenes humanos, sino más bien lo gratuito e inopinado de todo ello. Vamos a poner un ejemplo. Los protagonistas son muy conscientes de que están inventando nuevos ritos y formas de relacionarse que nada tienen que ver con el pasado y, en consecuencia, se sacan de la manga una ceremonia nupcial consistente en que los contrayentes se arrancan mutuamente una falange a dentelladas y proceden a comérsela cruda… Si hay algún antropólogo o xenoantropólogo entre el público lector le rogaría que me explicara en qué tipo de sociedad sería concebible semejante procedimiento. ¿En una en la que a la gente le vuelven a crecer los dedos? Porque como la vida sentimental de uno pase por dos o tres matrimonios le van a quedar las manos hechas puros muñones. ¿En una en la que la gente no usa los dedos para nada? En fin, ya ven, cosas como esta ofenden mi sentido de la verosimilitud y me llevan a romper mi contrato con el texto.

Con el protagonista mutante, una criatura creada por ingeniería genética para facilitar la terraformación de Marte a la que conocemos a través del punto de vista de su amante, pasa otro tanto de lo mismo: venga a decirnos que es un héroe para los suyos pero sin que nos acabe de quedar claro el porqué, venga a decir que se quieren mucho sin ofrecer pruebas… aunque claro, ahora que lo pienso, lo del dedo podría contar como prueba.

Una posible explicación de todo esto es que la autora opta por un estilo de narración descomprimido y con un uso liberal de la elipsis, en el que se ventila una vida en pocas páginas y de un párrafo al siguiente igual pasan quince años. Al final acaba uno deseando apostarse con una cacerola a la puerta de su despacho (Teresa Mira es profesora universitaria y doctora en Filosofía) para corear SHOW-DON´T-TELL, SHOW-DON´T-TELL cada vez que entre o salga.

Claro que de esto también está aquejado el relato de Ted Chiang, miren ustedes por dónde.

Pobres pero conectados.

Pobres pero conectados.

Enciende una Vela Solitaria, del prolífico Víctor Conde, también habla de relaciones humanas y de las formas que estas adoptarán en el futuro inmediato, aunque en esta ocasión no se trata de relaciones sentimentales, al menos no necesariamente. Se trata de un relato típico del subgénero si esto sigue así… en el que la omnipresencia de las redes sociales ha reducido a la humanidad a una monstruosa mente colmena de la que sólo se desconectan los inadaptados.

No estoy muy familiarizado con la obra de Conde, pero sí con la de Richard Calder al que aquí parece adoptar como modelo. La narración comienza in media res, en el punto que correspondería al último acto de un blockbuster de acción al uso en el que al héroe no le queda ya otra que abrirse paso a tiros para rescatar a su amada. La adopción de este recurso argumental tan familiar y codificado permite a Conde golpear al lector sin piedad con un chorro de párrafos enigmáticos, cerrados en sí mismos y poblados por las metáforas barrocas y la imaginería alucinógena que podríamos esperar de su modelo literario, en este caso justificada por los numerosos chutes de LSD (!) que se administra el protagonista a lo largo de la batalla. Los engendros compuestos por varios cuerpos humanos unidos por las cabezas me parecieron estupendas metáforas visuales de lo que el autor nos quiere transmitir aquí.

Aunque hay que reconocer que no siempre está a la altura del mejor Calder. Bueno, en realidad lo primero que habría que reconocer que el propio Calder no siempre está a la altura del mejor Calder.

Este es otro caso en el que la brevedad del cuento juega a su favor (me da un poco de miedo pensar que podría haber resultado de esto si se hubiera extendido durante cincuenta páginas), y resulta disfrutable aun si uno no comparte las tesis apocalípticas de Conde sobre la sociedad interconectada, como es mi caso.

Almas Digitales: Where is my Mind?

Eh, tíos, ¿dónde están nuestras mochilas-cohete?

Eh, tíos, ¿dónde están nuestras mochilas-cohete?

En el pasado, a juzgar por los cuentos y novelas de ciencia ficción, la población estaba preocupada por la posible fabricación de autómatas, auténticos titanes de acero cromado equipados con rayos láser y toda la pesca, que empezarían por dejarlos sin trabajo en la economía productiva y de servicios (ja!), para después pasar a humillarlos intelectualmente y, finalmente, ejecutar el programa principal albergado en toda mente robótica que se precie, digan lo que digan las tres leyes de Asimov, y proceder a Ma-Tar a To-Dos los Huuu-Ma-Nos.

En la actualidad, y mientras esperamos que ocurra todo esto, nos preocupa otra constelación de problemas de alcance más cercano. Por ejemplo ¿podremos fabricar alguna vez inteligencias artificiales que sean indistinguibles de las biológicas? ¿Necesitarán una base hardware para existir? Y, sobre todo, si esas inteligencias fuesen realmente indistinguibles de las nuestras ¿serían igualmente titulares de derechos? ¿Cómo se evitaría que los seres humanos las explotáramos como hemos hecho con todas las formas de vida que nos hemos encontrado hasta ahora?

El Ciclo de Vida de los Objetos de Software, la novela corta del maestro Ted Chiang incluida aquí y que representa el máximo reclamo comercial de la antología sobre todo habida cuenta de la extrema escasez de su producción y que estas brevess cien páginas son el primer Chiang traducido a nuestro idioma desde el ya lejano La Historia de tu Vida (Bibliópolis), contesta a todas estas preguntas y a otras más que surgen por el camino.

Chiang es un firme creyente en la validez del test de Turing, así que su respuesta a la primera pregunta es un rotundo sí (por si no están ustedes muy familiarizados con el tema, les diré que los expertos en a materia sitúan el nacimiento de estas inteligencias artificiales en torno a la inminente, si sobrevivimos hasta entonces, singularidad tecnológica de 2029). Por otro lado, tal vez porque conoce la teoría de Masahiro Mori sobre el Valle Inexplicable (Uncanny Valley), estas inteligencias no necesitarían un cuerpo metálico para existir, sino que habitarían en espacios virtuales tipo Second Life donde tendrían libertad de aparecer como inofensivos ositos o teletubbies.

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Respecto a las últimas preguntas, Chiang no es muy optimista y el hecho de que estas IAs no salgan listas de la cadena de montaje como un iMac sino que tengan que aprenderlo todo y desarrollarse en el tiempo como un niño humano,

Raiders of the Uncanny Valley

Raiders of the Uncanny Valley

le permiten al autor proyectar sobre ellas todos los temores que nuestra sociedad proyecta sobre los niños. Pero es que, además, no hay que olvidar que son productos corporativos y por lo tanto no sólo están en riesgo que que un desalmado las compre para torturarlas y subir los vídeos a internet, sino de que su propia posibilidad de existir está sujeta a su propia obsolescencia programada: en el momento en que ésta sea muy baja los mundos virtuales en los que viven se quedarán sin mantenimiento y ya no podrán seguir desarrollándose por pura falta de estímulos, los fabricantes instarán a sus dueños a que las desconecten y se compren otro juguete. Es el famoso ciclo vital al que alude el título.

En cuanto al relato en sí mismo, he de confesar que lo leí cuando salió en inglés y no ahora en esta versión traducida. Les remito a lo que escribí entonces, en caliente, en un foro de internet:

pese a ser el texto más largo que ha publicado hasta ahora, el período de tiempo que abarca la historia es también muy largo, cosa que Chiang resuelve dando saltos de uno o dos años entre capítulo y capítulo. El efecto que produce esto es el de estar leyendo la sinopsis de una novela en lugar de la novela en sí y esto ES MAL. Vamos, que yo diría que es la narración más floja como tal narración que le he leído, incluso diría que es una narración fallida (y créanme que mi corazón llora al escribir esto).

Ignoro si una nueva lectura me volvería a dejar igual de decepcionado a pesar del indudable interés y calado de las ideas abordadas y de que yo por Ted Chiang, mato.

Los autómatas de Dreide (Lola Robles), por cierto, no parecen afectados por el curioso fenómeno del Valle Inexplicable, seguramente porque se encuentran completamente a la derecha de la gráfica y ya, más que robots, son auténticos replicantes y su apariencia no tendría que darnos más mal rollo que la de una Sara Carbonero o una Letizia Ortiz, no sé si saben a qué me refiero.

En Un Día sin Papá, Ian Watson nos ofrece una rodaja de la vida de una agobiada madre de familia del pasado mañana que no sólo tiene que cargar con la inseguridad financiera, el teletrabajo alienante, el matrimonio insatisfactorio y demás condiciones de la vida moderna a las que ya estamos acostumbrados hoy en día, sino que además tiene que sobrellevar la carga de tener la personalidad digitalizada de su padre implantada en el cerebro. Esta es una práctica, por lo que nos revela el relato, frecuente entre las familias de clase media depauperada en la que los abuelos no pueden mantenerse por sí mismos (decid adiós a vuestras jubilaciones, compañeros de generación…) y sus hijos no pueden pagarles un retiro dorado en un carérrimo asilo de ancianos.

En fin, un relato al que me acerqué con gran interés por motivos personales que no pienso explicar aquí y del que salí profundamente deprimido por motivos que, una vez expuesto lo del párrafo de arriba, serán claros para todo el mundo.

¡Qué Vienen los Zombis!

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Que os cojo, mariconsones.

A ver, uno está tan harto de la actual proliferación del así llamado género Z como cualquiera de ustedes y, por otro lado, tampoco me parece muy probable que en el futuro inmediato nos vayamos a tener que enfrentar a hordas de cadáveres reanimados ansiosos por zamparse nuestro cerebro, así que bien podría darme por escribir aquí que Recuerdos de un País Zombi incumple la premisa fundamental de la antología… pero no lo haré porque sólo un cateto confundiría la ciencia ficción con la profecía y porque, además, el relato me ha gustado mucho.

El caso es que en el tema zombi hay algo que fascina al público contemporáneo, cosa que no deja de hacerse evidente en la ingente producción de entretenimiento zombi y en fenómenos como el de los zombie walks que son, casi diríamos, manifestaciones de folklore contemporáneo. A los antropólogos del futuro no les va a costar mucho averiguar por qué los ciudadanos de las sociedades capitalistas avanzadas le cogieron semejante gusto a verse representados como cadáveres reanimados que deambulan por ahí sin rumbo devorando todo lo que pillan, igual que no les cuesta a ustedes ni a mí. Pero, si el zombi ha venido para convertirse en acertadísima metáfora del consumidor contemporáneo para nosotros, ¿qué creen ustedes que representaría para un escritor nacido y criado en una sociedad completamente distinta, un país comunista, por ejemplo? Pues ahí les quería ver yo, porque resulta que Erick J. Mota, el autor, es cubano y viene aquí a dotar a los zombis de un significado completamente distinto.

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Confieso que este fue mi primer contacto con la obra de Mota, autor de una trilogía (Habana Underguater) que él mismo define como una antiutopía del socialismo. Y por ahí van los tiros también en Recuerdos de un País Zombi, pues resulta que mientras el mundo mundial se enfrenta como puede a un apocalípsis zombi, la isla caribeña se acostumbra a la presencia de los muertos vivientes como antes se acostumbró al bloqueo y a muchas otras cosas, a saber: generando todo un aparato burocrático y propagandístico sobre ellos que, a su vez, llevan aparejada la consabida picaresca. El zombi como símbolo del anquilosamiento de una revolución y una sociedad que prefiere enterrar la realidad bajo una tonelada de consignas que, de todas formas, no se creen ni los que las pronuncian. Los zombis cubanos de Mota no andan por ahí atacando a la gente porque están todos drogados con un suero que los vuelve inofensivos y ahora el asunto es encontrar la manera de utilizarlos como obreros o soldados o, a nivel particular, encontrar a un familiar que acepte pasar por zombi para intentar cobrar las subvenciones que el Estado prevé para las familias que acojan a uno en su casa.

La cosa no queda aquí, no se vayan a creer, y el relato avanza hacia una resolución en la que entran en juego más elementos propios de la ciencia ficción de lo que suele ser habitual en este subgénero. Lamentablemente, no puedo hablar aquí de ellos sin hacer gravísimos spoilers, así que voy a hablarles de los diálogos, que están escritos con soltura y con el inconfundible gracejo que por aquí solemos atribuir a lo caribeño, tú ya sabes. Vean un pequeño ejemplo:

-Dile a tu hermano que nos tiene abandonados. Todos los días estamos tirando un dominó aquí y él ni aparece.

-Habla bajito, mijo. Tú sabes que mi hermanoahora está de zombi. Y tengo al gordo del CDR abriéndome tremendo fuego-

-Verdad, asere. No seas gil. Tú sabes que ese tipo es un tremendo chismoso. ¡Míralo! Está parado ahí en la puerta de su casa, mirando para acá.

-Ven acá, Richard, ¿y eso que a tu hermano le dio por hacerse el zombi?

-Por la dieta.

-¿Te dan dieta por tener a un zombi en casa?

-Carne de res y picadillo.

-¡Necesito un zombi en casa, pero ya!

Bueno, espero que este pequeño atentado contra la propiedad intelectual que acabo de cometer no sea en vano y les aumente a ustedes las ganas de hacerse con una recopilación que está claramente por encima de la media del mercado y que ustedes pueden adquirir por unos módicos 3.50 eurodólares en formato EPUB o MOBI sin DRM a través de su librería on line de confianza. A ver si así suben ustedes TERRA NOVA a lo más alto de las listas libros electrónicos más vendidos, que la buena gente de SPORTULA, los editores, bien lo merecen a pesar de haberle puesto un título que hace que cada vez que la buscas en Amazon te salgan los DVDs de esa serie infame de los pronatalistas de la prehistoria…

Y, hablando de pronatalistas, ¿no les parece a ustedes que en este catálogo de miedos contemporáneos y futuribles falta alguna referencia a la desproporcionada influencia que está alcanzando el discurso de determinados grupos más o menos religiosos en el espacio público de nuestras sociedades “avanzadas”? Lo digo porque, visto lo visto últimamente, al final el futuro va a acabar pareciéndose más al que nos presentaba Walter M. Miller en Cántico por Leibowitz hace la friolera de cincuenta años que a cualquiera de los que se proponen aquí.

So say we all.

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9 Responses to TERRA NOVA: Tus terrores favoritos

  1. Odo says:

    Estupenda reseña. Añado tu blog a mi lector de feeds desde ya.
    Keep them coming!

    • Gracias por la confianza depositada, caballero. Intentaré que esto vaya a más y a mejor, y, cuando un día de estos tenga tiempo de hacer de esta una casa decente con sus widgets y su blogroll, incluiré un link del suyo que también parece bien majo.

  2. girotix says:

    ¡Excelente! Me ha encantado tu reseña.

    Independientemente del libro -que aún no he leído-, una delicia leer tus comentarios críticos sobre el libro.

    • No estoy seguro de merecer tales elogios, pero los acepto 😉

      Cuando lea el libro no deje de pasar por aquí a comentar, especialmente si no está de acuerdo con mis valoraciones que son, necesariamente, muy subjetivas.

  3. “La Historia de tu Vida (la Factoría de Ideas)”

    Excelente correctivo al exceso de orgullo de ciertos editores (y traductores). Sigue así.

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