EL ATLAS DE LAS NUBES: Su mapamundi, gracias.

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He pasado estas dos semanas en la sala de música, reelaborando los fragmentos de este año para integrarlos en un «sexteto para solistas que se solapan»: piano, clarinete, chelo, flauta, oboe y violín, cada uno en su clave, escala y timbre. En la primera parte, cada solo se ve interrumpido por el siguiente; en la segunda, se retoma cada interrupción, en orden inverso. ¿Idea revolucionaria o efectismo insustancial?

Fragmento de la correspondencia de Robert Frobisher.

En realidad, este párrafo hace innecesario escribir una crítica de El Atlas de las Nubes. Todo el trabajo sucio está hecho aquí, ya que la novela no es más que una traducción al lenguaje literario de ese “sexteto para solistas que se solapan”. Así que, si sigo escribiendo es, en parte, como homenaje al intenso placer que, como lector, me ha brindado la novela y, sobre todo, para intentar responder de alguna manera a la pregunta que se plantea aquí sobre la aparatosa estructura narrativa y que podría hacerse extensiva a toda o gran parte de la literatura postmoderna: ¿esas innovaciones aportan algo a la experiencia lectora o son meros efectos pirotécnicos?

Por otro lado, es interesante reflexionar sobre el destino comercial de la novela en nuestro país. El Atlas de las Nubes formaba parte del catálogo de la difunta editorial Tropismos, lo que es lo mismo que decir que su disponibilidad en las librerías se vio radicalmente afectada por el cierre de la empresa. Todo parecía indicar que el destino de David Mitchell iba a ser el de uno de esos autores que, pese a gozar del favor del público allende los mares, permanecen desconocidos por el público español. Y así sería de no haber mediado el estreno de una versión cinematográfica, que propició una reedición a cargo de Duomo Ediciones. Nada de lo que extrañarse en una época en la que las canciones se hacen famosas al aparecer en los anuncios y las novelas se convierten en bestsellers gracias a sus adaptaciones audiovisuales. Cabe preguntarse, en todo caso, si este repentino interés por El Atlas de las Nubes va a traducirse en la aparición en nuestras librerías de más libros de David Mitchell, cosa que considero muy dudosa más que nada porque la editorial ya se habrá dado cuenta de que lo que tienen entre manos no es un nuevo George RR Martin ni una Charlaine Harris en lo que a hacer caja se refiere.

Pero sí que es cierto, por lo que puedo apreciar en mi entorno, que, de esta manera, el libro ha llegado, si no al gran público, a aquellos lectores que estaban predispuestos a disfrutar de lo que allí se ofrecía. Me ha llegado a mí, por ejemplo.

El Territorio.

Un señor que es David Mitchell.

Un señor que es David Mitchell.

Si alguno de ustedes no ha leído la novela ni visto la película se estará preguntando qué es eso que ofrece El Atlas de las Nubes. Pues se trata de una colección de seis novelas cortas que recrean con precisión otros tantos modelos literarios. Así tenemos: el diario de los viajes por los mares del sur de Adam Ewing, un ingenuo notario americano del siglo XIX; las cartas del cínico compositor de entreguerras, Robert Frobisher, a su amante Rufus Sixsmith; un thriller que cuenta los esfuerzos de la periodista Luisa Rey para encontrar un informe que revelaría las malas prácticas corporativas de una central nuclear, informe redactado por el mismísimo Rufus Sixsmith de la historia anterior solo que mucho más viejo, estamos en la California reaganiana de los setenta; “El Tremendo Calvario de Timothy Cavendish” es, tal y como promete su título, la relación minuciosa de las catastróficas desdichas de un editor inglés de nuestros días internado contra su voluntad en un asilo de ancianos; la penúltima historia es la primera que, por suceder en el (un) futuro puede considerarse ciencia ficción stricto sensu y en ella asistimos a la declaración de Sonmi 451, una esclava clonada y genomizada que ha tenido la mala fortuna “ascender”, es decir, de superar las restricciones intelectuales impuestas por su diseño genético; el ciclo se cierra, o, más bien, da la vuelta con el relato de Zachry, un futuro primitivo de una sociedad tribal posterior al derrumbe de nuestra civilización .

El rasgo más evidente de todas las historias es que cada una está narrada por una voz narrativa muy distinta y perfectamente caracterizada que reproduce fielmente el estado mental que nos produjeron nuestros primeros contactos con los géneros homenajeados. Uno se imagina a David Mitchell como un alquimista atareado en destilar la esencia de los subgéneros literarios que ama y amamos (ojo, que esta complicidad es importante y casi diría que es necesario compartir la debilidad del autor por ese tipo de historias para disfrutar de la novela como es debido), empeñado en producir un ejemplo paradigmático de cada uno de ellos para disfrute de grandes y pequeños. La narración de Edwing, por ejemplo, es LA novela decimonónica de viajes de la misma manera que “El Primer Misterio de Luisa Rey” es EL tecno-thriller crichtoniano comme il faut. En la historia de Robert Frobisher, la ambientación y los personajes nos recuerdan constantemente a las novelas de Thomas Mann y, más en general a las novelas “de artistas” de principios del siglo XX, mientras que la de Timothy Cavendish nos hace pensar en el estilo de ciertos novelistas satíricos ingleses, un Nick Hornby sin ir más lejos, o incluso un Martin Amis.

Ellos clonaron a la coreana de Lost.

Ellos clonaron a la coreana de Lost.

Las dos últimas historias las vamos a analizar con más detalle por aquello de que contienen elementos de ciencia ficción, que es de lo que se hablamos aquí. La declaración de Somni-450 es un ejemplo de libro de antiutopía del capitalismo corporativo, ambientado en una Corea del futuro próximo en la que los nombres de las grandes compañías multinacionales han sustituido a muchos verbos y sustantivos de uso corriente (a los coches les llaman fords, a las pelis disneys y así) y sus logos holográficos son venerados como padres y casi como dioses por una casta de esclavos genéticamente diseñados para desempeñar las tareas más peligrosas o alienantes. El resto de la población se ve obligada a consumir compulsivamente para no incurrir en la ilegalidad y todo rastro de democracia ha sido borrado por exigencias del Mercado. ¿Les suena de algo todo esto?

El caso es que la “ascensión” de Somni 450, una esclava del sector servicios barra camarera de la cadena de comida rápida Papa Songs, nos recuerda poderosamente a Flores para Algernon, ese clásico del aumento de inteligencia novelado. Sólo que sería un Flores para Algernon cyberpunk y post humano, si son ustedes capaces de imaginar tal cosa.

“El Cruce de Sloosha y Toda la Vaina”, la historia central del libro, tiene un fuerte regusto a narración oral como no podría ser de otra manera, ya que la sociedad de Zachry, el protagonista, ha olvidado el arte de la escritura y él se ve obligado a narrar su peripecia de viva voz y, además, utilizando un lenguaje depauperado y alucinante. En esto se luce especialmente el traductor, Víctor V. Úbeda, que consigue mantener la voz de Zachry coherente y creíble sin sacrificar sus peculiaridades, ¡ya podría aprender el traductor de las novelas de La Torre Oscura de este hombre! Miren, les voy a poner un ejemplito:

 El Mundo Entero es grande, sí señor, pero no lo bastante para esa avidez que llevó a los Antiguos a desgarrar los cielos y sulfurar los mares y envenenar la tierra con átomos enloquecidos, y a jugar con semillas podridas basta que estallaron nuevas epidemias y los gurruminos empezaron a nacer mostrificados. Al final, primero despacito, luego fulmirápido, los Estados se convertieron en tribuses bárbaras y la Edad Civilizada terminó en todas partes menos en algunos rincones desperdigados, donde brillan con luz trémula los últimos rescoldos.

Pues así todo el rato el tío: lo que se dice un titán.

Por lo demás la historia despliega todo el repertorio de recursos de las novelas de choque de culturas tan típicas de la ciencia ficción sociológica de Ursula K. LeGuin: toda la acción se desencadena al verse obligada la familia de Zachry a acoger en su casa a una mujer procedente de una cultura más avanzada a la que, para colmo, tiene que hacer de hacer de guía.

El Mapa.

Existe una corriente muy influyente en los actuales estudios culturales que tiende a leer toda la producción postmoderna (también la novela) bajo el signo del pastiche. Creo que esta idea parte de los influyentes estudios de Fredric Jameson sobre el postmodernismo y, prescindiendo de la meticulosa distinción que él hace entre pastiche y parodia, se define perfectamente en el siguiente fragmento procedente de su artículo “Posmodernismo y Sociedad de Consumo”, incluido en La Posmodernidad (Kairós):

De aquí, una vez más, el pastiche: en un mundo en el que la innovación estilística ya no es posible, todo lo que queda es imitar estilos muertos, hablar a través de máscaras y con las voces de los estilos en el museo imaginario. Pero esto significa que el arte contemporáneo o posmodernista va a ser arte de una nueva manera; aún más, significa que uno de sus mensajes esenciales implicará el necesario fracaso del arte y la estética, el fracaso de lo nuevo, el encarcelamiento en el pasado.

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Perdóneme el amado público si me he visto obligado a encasquetarme el birrete de académico, pero es que estas consideraciones de Jameson vienen muy a cuento para hablar de algo que ya habrá detectado el lector atento por todo lo dicho hasta ahora, que en cuestión de personajes, acción y ambientaciones, aquí se roza el cliché muy a menudo, tanto como para despertar la sospecha de que El Atlas de las Nubes pueda resultar un pastiche.

No se puede negar que algo de verdad hay en todo esto, pero, centrándonos en el caso que nos ocupa, debo decir que el pastiche en El Atlas de las Nubes obedece a exigencias del guión ya que, al compartir seis historias tan distintas el espacio de una sola novela (de una novela larga, sí, ya) no pueden permitirse grandes lujos con la exposición y tienden a confiar en la precomprensión del lector, al que suponen familiarizado con los elementos típicos de los subgéneros homenajeados. De ahí lo que comentaba antes de que la complicidad con el autor era importante en este caso.

Bien, en esta época de sagas que se prolongan durante millares de páginas no vamos a criticar a nadie por optar por la economía narrativa.

No creo yo que sea para quejarse. Sobre todo teniendo en cuenta que, si es cierto que vivimos en una época condenada a mercadear con lo viejo por pura incapacidad de inventar algo nuevo, la acusación de pastiche se convierte en el recurso por excelencia (el único) del crítico furibundo pero vago. Está claro que, si todo lo que consumimos son pastiches, habría que abandonar la busqueda de la innovación como requisito estético sine qua non y dirigir los esfuerzos a dilucidar porque unos pastiches nos encantan y otros no.

Pese a su cara de bueno, David Mitchell también tiene un lado salvaje.

Pese a su cara de bueno, David Mitchell también tiene un lado salvaje.

Pero vamos que aquí no se inventa nada nuevo como no sea en términos de estructura novelística, lo que nos lleva a preguntarnos si la curiosa disposición de las historias ( A-B-C-D-E-F-E-D-C-B-A ) aporta algo a la experiencia lectora o es simplemente un caprichoso artificio. Es decir ¿el que lea El Atlas de las Nubes como un todo gana algo con respecto al que lo lea como una serie de relatos independientes? ¿Es el todo mayor que la suma de las partes?

Pues la respuesta es sí… y no.

Por un lado hay que advertir a los partidarios de las narraciones clásicas que no van a encontrar nexos causales entre unas historias y otras. Es decir, no es la central nuclear que investiga Luisa Rey la causa del apocalipsis tras el que vive Zachry, ni parece plausible que exista una relación de parentesco entre Robert Frobisher y Thomas Cavendish, ni entre éste y Sonmi 450 (que además es un ser humano artificial) por más que todos ellos compartan la misma marca de nacimiento. Circunstancia esta última que ha hecho a algunos concluir que todas las historias están protagonizadas por distintos avatares de la misma persona, como si del ciclo del Campeón Eterno de Moorcock se tratase, una hipótesis que imagino que habrán exprimido más en la versión cinematográfica y que me hace sentir un tanto incómodo. ¿Es de la transmigración de las almas de lo que estamos hablando aquí?¿Estamos ante un nuevo ejemplo de religiosidad sincrética y new age? No lo sé, pero me alegra decir que en mi propia lectura he podido prescindir de esa hipótesis sin grandes problemas.

Además, no creo que los cuentos hayan sido concebidos de esa forma si, como se sugiere en la cita que encabeza estas líneas, la novela se construye reelaborando narraciones preexistentes y suponemos que independientes. Lo que sí que ocurre es que Mitchell da unidad a sus narraciones con técnicas más propias de un músico como  Frobisher. Desde esta óptica, la marca de nacimiento no sería más que un motivo, un adorno, que se repite a través de las seis partes de la pieza.

Otro ritornello especialmente evidente es el hecho de que la historia de Zachry sea una repetición de la historia de los Moriori y los Maories, tal y como le es transmitida a Adam Ewing al principio de la novela. Esto de que el final de la novela sea bosquejado durante el transcurso de la misma mediante una narración intercalada es un recurso tan clásico que lo encontramos hasta en Hamlet. Lo novedoso aquí procede nuevamente de la estructura que, al estar plegada, hace que el final cronológico quede en el medio, mientras que las últimas páginas de la novela nos deparan la resolución de los conflictos de Adam Ewing y su conversión al abolicionismo, una nota optimista que se nos revelará como engañosa si nos paramos a pensar que estas páginas corresponden en realidad al principio de la narración, y que el racismo y el colonialismo de la época de Ewing no son más que peldaños de una escalera que conduce al derrumbe de la (poca) civilización que tenemos, como podemos comprobar gracias a las narraciones posteriores.

Por seguir con las analogías musicales, podríamos llamar contrapunto al hecho de que cada uno de los narradores reciba el texto de la narración anterior y proceda inmediatamente a cuestionar su veracidad y poner en duda las motivaciones de sus protagonistas/autores. Aquí utilizo “texto” en su acepción más amplia: Sonmi-450 conoce las aventuras de Thomas Cavendish únicamente a través de una película (la toma, lógicamente, como una obra de ficción), Zachry tiene acceso a la declaración de Sonmi-450 en forma de registro holográfico, pero no entiende una sola palabra de lo que allí se dice… Sin embargo, resulta claro para el lector que la tribu de Zachry adora a una versión divinizada de Somni-450, de lo que podemos concluir que ambos personajes existieron en el mismo continuo espacio-temporal.

No tendremos tanta suerte en otros casos. Thomas Cavendish, en sus funciones de editor, recibe el manuscrito de “El Primer Misterio de Luisa Rey” y lo reconoce como una obra de ficción, un intento de bestseller escrito con la vista puesta en una posible versión cinematográfica, probablemente el primero de una serie. Pero, si esto es cierto y Luisa Rey es un personaje “de ficción”, otro tanto pasaría con Robert Frobisher. No sólo porque Luisa lee sus cartas y escucha un vinilo con la única grabación de El Atlas de las Nubes, el sexteto de Frobisher, sino porque ambas historias comparten al personaje de Rufus Sixsmith.

El resultado de todo esto es una unidad problemática y abierta, pero unidad al fin y al cabo, cuya comprensión queda de deberes para el lector. Si aprecian en algo mi palabra, creanme cuando les digo que el esfuerzo merece la pena.

So say we all.

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14 Responses to EL ATLAS DE LAS NUBES: Su mapamundi, gracias.

  1. Odo says:

    Una gran reseña de nuevo. Me ha encantado leerla y éste blog se está convirtiendo rápidamente en uno de mis favoritos. Espero con ganas la siguiente entrada 🙂

    Respecto a El atlas de las nubes, a mí me gustó… y me decepcionó. Me pasa un poco con todos estos experimentos formales (salvo quizá con House of Leaves, aunque también un poco): a primera vista me parecen tremendamente atractivos, pero luego pongo la forma y el fondo en los dos platillos de la balanza y encuentro un claro desequilibrio. Me ha pasado, por ejemplo, con obras como The Islanders de Christopher Priest, The People of Paper de Salvador Plascencia, Rayuela de Cortázar o Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino. Formalmente, e incluso literariamente, son brillantes, pero lo que cuentan me deja un poco frío. Pero aún así, esa innovación formal me sigue atrayendo cual pollila a la luz y sé que seguiré picando. Al menos la originalidad y la sorpresa están garantizadas, así como una cuantas buenas charlas. Que, hoy en día, no es poco.

    • Pues muchas gracias, Odo. La verdad es que cuando estaba escribiendo la entrada pensé varias veces en incluir una referencia a Si Una Noche de Invierno un Viajero, pero luego se me pasó. Me alegra que la hayas mencionado aquí.

      Estoy bastante de acuerdo contigo en lo que dices sobre los experimentos formales, pero a mí ésta no me ha resultado fría, más bien al contrario. Emocionalmente me ha resultado satisfactoria, pero he echado de menos algo más de audacia en el capitulo de las ideas. En todo caso es muy recomendable.

      Para la próxima espero emprenderla con Zendegi, que a ti sé que no te gustó demasiado por lo que dijiste en tu blog.

      • Odo says:

        Sobre Zendegi (que se me había pasado decir algo) ya me contarás. ¿Has leído algo más de Egan? Porque eso puede ser clave a la hora de valorar esta novela que, para mí, no está ni en la onda de ni a la altura del resto de su producción.

      • Sí, leí El Momento Aleph y bastantes de sus relatos cortos, así que yo también aprecio el bajón que pega en éste. La verdad es que estoy muy de acuerdo con tu crítica, con que Egan no es precisamente un mago del estilo ni de los personajes y que le saldría más a cuenta centrarse en lo suyo.

        Mira, yo, si fuera su editor, le diría: Greg, te pago el doble por una novela ambientada en es proyecto ese de super inteligencia artificial.

  2. Marcheto says:

    Estupenda reseña, pero no esperaba menos de alguien que ha elegido “El almohadón de plumas” como nombre para su blog.
    Si no recuerdo mal (lo leí hace unos cuantos años), yo con este libro tuve dos problemas. Por un lado, hubo alguna de las historias (la de Luisa Rey, por ejemplo) que no me convenció demasiado. Y por otro, había leído anteriormente Ghostwritten que me gustó y sorprendió mucho más. Así que este me resultó un tanto decepcionante.
    A mí los experimentos formales tampoco me suelen volver loca. Y como todavía estoy recuperándome de la mala experiencia de La broma infinita, aún no me he atrevido con House of Leaves, así que espero con mucho interés tu reseña.
    De todas maneras, David Mitchell me parece un autor francamente interesante. Tal como decía antes, Ghostwritten me gustó mucho. number9dream, menos, pero también tenía su algo. Y tengo otros dos novelas suyas en la pila de libros pendientes. Eso sí, me da pánico pensar en cómo habrá quedado la adaptación cinematográfica, porque los primeros comentarios que he leído no han sido nada positivos.

    • Lo cierto es que a mí la historia de Luisa Rey también me pareció lo más flojo del libro. Seguramente porque sufro una falta de afinidad grave con el género homenajeado.

      Lo suyo con La Broma Infinita ya me preocupa más. Entiendo que haya tenido una “mala experiencia” porque es un texto enormemente exigente, aunque no tanto como El Arcoiris de Gravedad de Pynchon, por ejemplo y por citar una que aún no había salido en la conversación, pero creo que no debe usted claudicar con DFW… ¿Ha leído los cuentos de La Chica del Pelo Raro? En cuanto a House of Leaves, estoy a la espera de su tan demorada edición en castellano. Entonces la leeré (cuando me parezca a mí que estoy de humor para experimentos) y, si me parece adecuada y no supera con mucho mis capacidades críticas, hablaré de ella por aquí.

      Un saludo.

      • Marcheto says:

        Los cuentos y ensayos de DWF que he leído sí que me han gustado (pocas veces me he reído tanto como con Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer) . Pero el tremendo esfuerzo que requiere La Broma Infinita a mí no me mereció la pena. Hubo partes del libro que me parecieron brillantes, pero fueron las menos, y la impresión global fue de decepción, y eso que lo cogí con ganas.

  3. Odo says:

    No es tanto que El atlas de las nubes me haya dejado frío como que me parece que le falta un punto más en la conexión entre la forma y el fondo. Yo estoy convencido de que en este tipo de narraciones, la innovación formal no debería responder sólo a un propósito estético sino también a una necesidad narrativa. Dicho de otro modo, me espero una conexión profunda entre lo que se cuenta y cómo se cuenta. Si eso ya es importante en una historia “tradicional” (por ejemplo, la elección de la primera/tercera persona, etc.), cuando uno “inventa” algo nuevo debería tener un por qué, debería ser una necesidad surgida de lo que se quiere contar más que un simple capricho. En los ejemplos que he mencionado arriba eso se cumple en mayor o menor medida, pero creo que nunca perfectamente. Por ejemplo, la estructura de enciclopedia/guía de viajes que Priest usa en The Islanders refleja perfectamente la idea de la fragmentación de su Archipiélago del Sueño, pero no tanto las historias que en la novela se cuentan. Vamos, que esas mismas historias se podrían haber contado de una forma menos efectista y transmitir (casi) exactamente lo mismo. La forma utilizada, me parece, pues en cierta medida, un artificio.

    ¿Sucede eso también en El atlas de las nubes? Pues yo diría que sí… y que no. Por un lado, cada una de las novelas cortas podría haber funcionado (unas mejor que otras, eso sí) como narraciones independientes. ¿Aporta algo al conjunto, al significado global de todas ellas, el contarlas en esta forma de “matrioshkas”? Yo creo que algo sí, por todos los motivos que expones maravillosamente en tu reseña (la conexión entre los distintos personajes, la duda de si son reales o de ficción…) pero no tengo claro que sea suficiente como para justificar la elección de la estructura. ¿Cambiaría mucho la novela si tuviera una narración lineal, con las historias en orden cronológico? Yo creo a nivel narrativo, no demasiado. Es más, casi me atrevería a decir que un orden cronológico inverso me parecería más adecuado.

    Aun así, El atlas de las nubes me parece una novela notable, con muchas buenas cualidades (coincido contigo en que el cambio de registro de cada novela corta es, simplemente, magistral) y que creo que merece la pena leer. Ahora bien, no estoy seguro de que esté a la altura de su propia ambición.

  4. El Asco says:

    Ghoder Sanvito, que el rollo de la reencarnación y las movidas new-age sea el concepto que menos mola del libro no significa que no esté ahí. Si es que lo dicen literal:

    “Las almas surcan las eras como las nubes los cielos, y aunque las nubes cambien continuamente de forma, color y tamaño, una nube siempre es una nube, y un alma siempre es un alma. ¿Quién sabe de dónde vienen las nubes y dónde estará el alma mañana?”

    La coña es que el tipo mete unas pualocoelhadas del quince y al muy animal le quedan bien (y a nosotros nos da verguenza que nos gusten, confiesa! )

    A ver cuando te marcas un “La voz del fuego” y nos dejas a todos con el cerebro sangrando

    • No digo que no este, digo que no es necesario para leer el libro. Es más, tiene mi consorte por ahí una entrevista con Mitchell en la que afirma que el libro no va de eso y que el personalmente no cree en esas moñas new age, otra cosa será que los hermanitos, y especialmente Lana, sí crean y hayan saturado la peli con esa lectura. Pero no pasa nada, mi cortafuegos bloquea esas cosas la mar de bien.

      Por otro lado, eso seguro que en Hansel y Gretel no pasa, unmotivo más para proceder a su visionado en esta reencarnación y, de ser posible, este mismo fin de semana.

      Ahora mismo estoy escribiendo una entrada sobre Noctuario, de Thomas Ligotti, y al que le va a sangrar el cerebro va a ser a mí.

      Bicos y póngame a los pies de su señora.

    • No me habléis de reencarnaciones que no os escucho.

  5. No. Disiento.
    Disiento con la problematización de la forma de esta novela. Cuando estaba con la lectura no podía dejar de maravillarme con el dominio de la técnica de su autor. Y alguien que escribe así no hace un “pastiche” en sentido despectivo, como lo emplea Jameson. ( http://www.cla.purdue.edu/english/theory/postmodernism/modules/jamesonpastiche.html).

    La forma ES la novela.
    No veo en este, ni en otros foros, la discusión sobre cuál es el tema de la novela. Si tenemos en cuenta de que la amalgama de géneros no es casual, no es signo de agotamiento, como pensaría Jameson, ni un ánimo de “mira-mamá-sin-manos” por parte del autor, una forma tan anómala como ésta debe ser “el tema” de la novela.
    Si la cuestión fuese hablar de la reencarnación de las almas, la forma más obvia habría sido la cronológica (ya fuese directa o inversa). Pero Mitchell escoge el pliegue. Con esto da prioridad a la historia de Zachry, que sería la que lo tendría si utilizase un tiempo lineal (estamos acostumbrados a que al final se cierre la trama), y que, evidentemente tiene una de las claves de interpretación de la novela. Pero también deja otra sorpresa para las últimas páginas: el desvelamiento de las intenciones del doctor Henry Goose. Es decir, al utilizar la forma de pliegue para exponer las diferentes tramas, oculta al lector hasta el fin de la primera historia (y el final de la lectura) la verdadera interpretación de la obra en conjunto. Con esto consigue una novela más interesante y más rica, que “da mucho más trabajo” al lector, y lo mantiene pegado al libro porque cada vez está más despistado de a qué viene todo aquello. Desde luego, también emplea unos cuantos “red herrings” para mantener la atención del lector y su mente conjetural en marcha, como el conocimiento de las vidas de los personajes por los de otras historias, o la mancha de nacimiento que comparten varios personajes.

    Pero empecé diciendo discutiendo la gratuidad de la forma en la exposición de la trama, y llega el momento explicar la relación que tiene con el tema.
    El tema es la crítica a la razón instrumental, la crítica a la idea ilustrada de progreso, expuesta de forma mucho más atractiva, (y por tanto eficiente), que en los ensayos de los Teóricos de la Escuela de Frankfurt. Dice Horkeimer: “El dominio sobre la naturaleza incluye el dominio sobre los hombres. Todo sujeto debe tomar parte en el sojuzgamiento de la naturaleza externa -tanto la humana como la no humana- y, a fin de realizar esto, debe subyugar a la naturaleza dentro de sí. El dominio se «internaliza« por amor al dominio mismo”. Aparece al final de la novela en boca del doctor Goose: “Los maoríes atacan a los moriori, los blancos atacan a sus primos de piel oscura, los piojos a los ratones, los gatos a las ratas, los cristianos a los infieles, los primeros oficiales a los grumetes, la muerte a la vida. “El pez grande se come al chico””.

    La parte más llamativa de la novela, que ya comenta Sanvito: la yuxtaposición de géneros narrativos exitosos en las última centuria , es el modo en que Mitchell da corporeidad a la idea marxista de las formas culturales como parte de la ideología, es decir, como relatos que ilustran a la vez que difunden los mensajes que la justifican, en cada época la “explotación del hombre por el hombre” : “El juicio de los hombres, cuanto más manejado se ve por toda clase de intereses, tanto más acude a la mayoría como árbitro en la vida cultural. La mayoría tiene la misión de justificar los sustitutos de la cultura en todas sus ramas hasta descender a los productos de engaño masivo del arte popular y la literatura popular” (en palabras de Horkeimer, de nuevo).
    Naturalmente, no quiero decir con esto que el autor sea marxista, neomarxista ni nada por el estilo. Pero si los Wachowski pudieron hacer la película eliminando esta lectura de la novela, creo que yo también. Sobre todo, porque Mitchell no cree en la reencarnación: (http://www.theparisreview.org/interviews/6034/the-art-of-fiction-no-204-david-mitchell).

    Otro día, en otro sitio, podríamos hablar de si lo que se apunta en ese fragmento citado por El Asco, es a la transmigración de las almas personales a las que el cristianismo recondujo y “redujo” la noción de Ánima Mundi de la Antigüedad, o si tiene más bien algo que ver con la noción original luego reformulada por Jung como inconsciente colectivo. Y es que en todas las novelas, frente al elemento explotador (caníbal, colonialista, esclavista, corporativo, etc.) se presenta en confrontación el humanizador.
    Pero ahora tengo que ir a ganarme los garbanzos.

    • No hay mucho que yo pueda añadir, excepto agradecerle que, pese a que nada hubiera sido más fácil que ponerle un par de ilustraciones a su exhaustiva argumentación y empezar un blog de críticas propio, haya decidido escribirla aquí, subiendo de este modo el nivel del debate espectacularmente.

      ¿En ese “otro sitio” en el que quiere hablar conmigo y con El Asco sobre el Anima Mundi sirven martinis?

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