ZENDEGI: Skip tutorial

zendegi_grEs de todos sabido que el australiano Greg Egan pasa por ser el escritor de ciencia ficción hard en activo más respetado por público y crítica. Zendegi (Bibliópolis, 2012), la última novela de Egan publicada en nuestro país, es también su propuesta más sencillita o, lo que es lo mismo, una narración en la que renuncia a sus elaboradas hipótesis físico-matemáticas para lidiar con temas humanos, demasiado humanos. Es precisamente por esto que a Zendegi le están lloviendo palos por todas partes, bueno, por todas tampoco, pero sí por las partes por las que antes le arrojaban más flores.

Personalmente, y al menos a priori, no me parece esta razón suficiente para ponerse a rajar del australiano. No parece nada raro que un autor presente de vez en cuando una obra alejada de su línea habitual de trabajo y, así, tenemos a un Stephen King o a un Clive Barker que de pronto se arrancan con un cuento para niños y a todo el mundo le parece estupendo; o a un Jim Butcher que decide dejar aparcado al detective Harry Dresden para lanzarse a las aguas infestadas de dragones de la fantasía clásica para disfrute de críticos y lectores. La idea de un Egan light no parece tan mala en principio y, con un poco de suerte, podríamos estar hablando aquí de un Egan para principiantes, un Egan a nivel de usuario para prestar a familiares y amigos poco dados a los altos vuelos especulativos de ciencia ficción dura. Por desgracia, este no es el caso y, muy a pesar mío, me veo obligado a unirme a la golpiza generalizada porque, en realidad, Zendegi es una narración fallida aunque no precisamente a causa de la simplicidad de sus planteamientos.

Hay que decir que Zendegi es, sobre todo, lo que se llama un ejercicio de honestidad intelectual por medio del cual Egan deja claro su alejamiento de las ideas más optimistas del movimiento transhumanista, esa filosofía que aboga por la mejora tecnológica de la condición humana y que se ha hecho enormemente popular entre los sheldon coopers de este mundo en parte gracias al éxito de las novelas anteriores de Egan. Sin duda, este repliegue ideológico de Egan es el responsable de que muchos de sus antiguos correligionarios lo estén poniendo a parir en la Red; las religiones nacientes no suelen ser tolerantes con sus herejes y aún menos con sus profetas devenidos herejes. El caso es que, vista desde esta óptica, Zendegi es una novela de tesis y esto explica la insatisfacción que nos produce como lectores: el disfrute literario es pocas veces compatible con la pedagogía disfrazada de novela.

Así que hoy toca hablar de Zendegi, aunque uno preferiría estar hablando de El Instante Aleph o de alguna de sus brillantes colecciones de cuentos para así poder cantar a gusto las alabanzas del australiano, pero no desesperemos: parece que la siguiente novela de Egan, Clockwork Rocket, vuelve por sus fueros y además a lo grande. Hablaremos de ella aquí cuando llegue el momento.

The Singularity won’t be Televised.

Véngase a vivir a internet, donde vive el porno.

Véngase a vivir a internet, donde vive el porno.

Estructuralmente, Zendegi no puede ser más sencilla. La novela está dividida en dos partes. En la primera, asistimos a la revolución pacífica del pueblo iraní contra su gobierno autoritario. Egan sitúa esta eventualidad política en 2012; la novela, nos aclara, termina de escribirse en 2009, poco después de la polémica reelección de Ahmadineyad y, al menos en este sentido, resulta impresionante comprobar que la bola de cristal del australiano está en plena forma. Los hechos los conocemos a través de dos puntos de vista narrativos que van a ser los únicos de la novela, a saber: el corresponsal australiano Martin Seymour que cubre los eventos a pie de calle y la investigadora del MIT Nasim Golestani, iraní exiliada, que sigue con interés los acontecimientos desde la distancia mientras trabaja en la digitalización de las pautas neuronales del pinzón cebra.

Ambos son personas honestas y racionales, personajes que no tienen ni un defecto y cuya principal función narrativa es exponer con claridad las opiniones del autor. O sea, que son un coñazo de personajes con los que resulta muy difícil lograr algún tipo de identificación, lo que explica la indiferencia con la que el lector se toma las desgracias de Martin durante la segunda parte de la novela.

La segunda parte está ambientada quince años después, en 2028. La fecha no es casual ya que como sabrán, los tecno-optimistas (el propio Egan en Ciudad Permutación, por ejemplo) insisten en situar la tan cacareada singularidad tecnológica en la década de los veinte del presente siglo (se ve que no están familiarizados con Android...), y esto a pesar de que, según avanza la cosa parece improbable que para aquel entonces vayamos a tener preparada la tecnología para transformar toda la materia en computronio y subir nuestras personalidades digitalizadas a la Nube para pescar los torrents de The Pirate Bay con nuestras propias manos virtuales. Bien, ya hablaremos de esto más tarde. Por ahora lo importante es que en la segunda parte nos volvemos a encontrar a Martin y a Nasim instalados en un Irán en plena transición democrática. Él se ha casado con una activista y ha tenido un hijo, ha sentado la cabeza, como se suele decir; ella ha abandonado la investigación para volver a su país, donde trabaja de I+D en Zendegi, el juego de realidad virtual más popular del mundo.

El caso es que las desgracias familiares de Martin (en las que no vamos a entrar por no hacer spoilers) y la pérdida de cuota de mercado de Zendegi frente a la pujanza de los desarrolladores de juegos del sudeste asiático van a conspirar para unirlos a ambos en el loco proyecto de digitalizar la personalidad de Martin y subirla a los servidores de Zendegi.

La relación de Martin con su hijo de seis años es uno de los vectores principales de esta segunda parte, y Egan escoge desarrollarla a través de las sesiones de Zendegi que juegan juntos y que consisten en versiones libres de los hechos narrados en el Shahnamé, la obra cumbre de la mitología persa. Esto último aporta algo de color local, pero también parece, como tantas otras cosas en la novela, un poco postizo. Además, incluso teniendo en cuenta que estas son las partes del juego que un padre excepcionalmente responsable escoge para compartir con su hijo pequeño, Zendegi no parece muy divertido. Con lo bien que estarían padre e hijo jugando al Portal 2 en la realidad virtual…

Lo peor es que cuando uno alcanza la decepcionante conclusión, se da cuenta de que, si era eso lo que nos quería contar, se podía haber ahorrado alegremente las cien primeras páginas (la primera parte de la novela) y el vistoso escenario de la revolución iraní y haberse limitado a meter un par de flashbacks bien metidos.

Homo Plus.

A usted todo esto le suena de algo y no sabe de qué.

A usted todo esto le suena de algo y no sabe de qué.

En el primer capítulo de la novela, Martin Seymour, se encuentra empaquetando sus pertenencias con motivo de su traslado a Irán. Lo que más quebraderos de cabeza le da es su colección de vinilos, doscientos cuarenta discos, una semana de música ininterrumpida que decide digitalizar a marchas forzadas con la ayuda de Audacity. Una vez en el avión, con su colección aparentemente a buen recaudo en un hardrive portatil cuquísimo y las cajas originales pudriéndose al sol en algún vertedero de Sydney, Martin se lleva una desagradable sorpresa: la mayoría de los discos están plagados de glitches por culpa de unos niveles de grabación mal ajustados. Por las prisas, vaya. Su vecino de asiento le brinda una explicación en la que se resume todo el intríngulis de la novela:

…Cuando el nivel está demasiado alto -le explicó con paciencia Haroun- , no reduces la onda, lo que haces es decapitarla. Cuando el voltaje supera el nivel más alto que la tarjeta de sonido puede representar como información, ella sola no puede improvisar y reajustarlo todo. Simplemente llega al máximo y traza una línea recta en lugar de la maraña de picos de la señal verdadera. Y cuando se trunca una onda de esta manera, no solo se pierden matices del original, también se genera ruido por todo el espectro. (…) Con tiempo y con cuidado se podría conservar todo -dijo señalando la biblioteca de Martin- pero nadie tiene la paciencia necesaria. (…) Pero ahora hay tantos procesos que se hacen sin esfuerzo, automáticos, que es fácil olvidarse de que la mayoría de las cosas del mundo todavía siguen las viejas reglas.

En otras palabras: ¿ustedes se dejarían digitalizar por la misma gente que decidió que el mp3 era una representación bastante fiel del sonido que producían nuestros vinilos y Cds? Lector, si ha leído usted hasta este punto de la novela (la página 16), ha de saber que ya puede cerrarla. Esta es la tesis que sostiene Egan y las trescientas páginas restantes no hacen sino recalcarla.

Ahora bien, que la novela nos haya parecido prescindible no quiere decir que la problemática a la que apunta sea trivial. Al contrario, creo que merece la pena pararse a analizar los desacuerdos de Egan con el transhumanismo, tarea para la que nos va a venir como anillo al dedo esta entrada del blog del transhumanista australiano Russell Blackford que cuenta con la presencia del propio Egan animando el debate en los comentarios.

Are friends electric?

Are friends electric?

Porque vamos a ver ¿quién se opondría a la idea de aliviar las miserias humanas mediante el uso de toda la tecnología disponible? Pues, al parecer, mucha gente, empezando por los principales representantes de las religiones mayoritarias que consideran que Dios ya nos creo suficientemente perfectos y que, por la misma, podrían empezar a dejar de vacunar a sus hijos. Aunque lo que más molesta del transhumanismo a estas personas, estoy convencido, es que representan una forma de competencia. A nadie se le escapa que la singularidad, tal y como la pintan sus entusiastas, no es más que una segunda venida de Cristo en forma de silicio y que el uploading es la forma que adopta la famosa rapture para los geeks ateos del mundo.

 Siguiendo, claro, por toda suerte de luditas y neoluditas que denuncian perspectivas de un futuro deshumanizado y empleos precarios. Algo de esto se dice en el Manifiesto Unabomber, pero, como eso ya es bastante famoso, he decidido ponerles a ustedes este fascinante documento, obra de un tal Anthony Berglas, que da por buenas las predicciones del movimiento en cuanto a la inminencia de la AIs para luego descolgarse pintando un futuro apocalíptico en el que las máquinas se nos cepillan en pocas horas como en Terminator.

Es obvio que Egan no comulga con tales extremos ideológicos, de hecho admite (en los comentarios del blog anteriormente citado) ciertas afinidades con los transhumanistas, en concreto el convencimiento de que nuestra especie no verá acabar el presente milenio con el mismo sustrato material que venimos arrastrando desde siempre. Por lo demás, le parece que el transhumanismo es un nido de chiflados que no se sabe si porque se lo creen o porque les gusta llamar la atención compiten a la hora de predecir extravagantes futuros en los que se mezcla lo posible con lo improbable. Sirva de ejemplo ese pedazo de Ray Kurzweil, que lo mismo te profetiza un internet inalámbrico que te habla de máquinas espirituales, con la consecuencia inevitable de que al hombre de la calle se le mezclan churras con merinas y saca la conclusión de que todo forma parte de los balbuceos de unos nerds enganchados a la ciencia ficción.

Mañana serán memes

Mañana serán memes

 Si es que hasta el nombre está mal elegido, clama el australiano. Y es que resulta inevitable que eso del “transhumanismo” le suene al gran público, que mientras no se demuestre lo contrario está compuesto principalmente por miembros de la especie humana, como a que van a venir los marcianos o algo peor. Y es que hay que estar muy maleado por los debates filosóficos y académicos sobre la muerte del hombre, reflexiona Greg, para que a uno le entre bien de buenas a primeras la idea de abandonar su cuerpo físico y convertirse en un flujo de datos.

 Por aquí somos muy forofos de bajarle los humos a toda esa gente y aplaudimos como locos estas intervenciones de Greg, pero no entendemos qué se empeña en ponerlas en forma de novela en lugar de escribir un ensayo. Me temo que diga lo que diga Egan, seguiremos leyendo y disfrutando historias sobre inteligencias artificiales divinizadas, mentes colmena y seres humanos convertidos en bytes del mismo modo que leemos y disfrutamos las historias de los sesenta que pintaban un siglo XXI con pistolas láser y colonias en Marte. Porque la ciencia ficción es sobre todo literatura, no profecía, y lo que realmente nos interesa no es si el uploading es o no posible en el estado actual de desarrollo de la tecnología, sino lo que pasaría si realmente fuera posible.

 Por esto mismo, no me quiero despedir sin recomendarles que le echen un vistazo al primer episodio de la segunda temporada de la fabulosa Black Mirror donde se viene a decir más o menos lo mismo que en Zendegi pero de forma mucho más entretenida.

 So say we all.

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15 Responses to ZENDEGI: Skip tutorial

  1. Odo says:

    Gran reseña. Y, encima, estoy muy de acuerdo. Cuando empecé a leer la novela me preguntaba “y esto del mp3, ¿para qué?”. Luego vi por qué y me lamenté por la poca habilidad (y menor aún stuileza) de Egan. En fin, siempre nos quedará Axiomatic.

    • Para mi desgracia yo lo vi claramente ahí mismo, en la página 16. Luego seguí leyendo un poco por ver si me equivocaba.

      Pero es que es lo que tú dices: no es un escritor habilidoso ni con las tramas ni con los personajes ni con el estilo. No sé por qué se empeña en dejar de hacer lo único que hace bien,,, de hecho, lo que hace mejor que nadie.

      • Odo says:

        Tienes toda la razón. De hecho, lo estábamos comentando ahora en Twitter y salió una analogía que puede ser bastante acertada. Egan escribiendo Zendegi es como Jordan jugando al golf: nadie entiende por qué dejaron de hacer aquello en lo que eran los mejores para ser mediocres (en el mejor de los casos) en otra cosa.

  2. Grrrrrrr. No, si al final me voy a tener que hacer un twitter.

  3. Lector Serio says:

    Discrepo. Zendegi se sale.

  4. Lector Serio says:

    Leyendo soy serio, argumentando no tanto. Pero lo voy a intentar 🙂 // A mí esos personajes no me parecen un coñazo, porque cuando leo no busco identificarme necesariamente con los personajes. Me gusta Zendegi precisamente porque en ningún momento me da lo que en teoría quiero que me dé (más allá de que se vea a kilómetros hacia donde se dirige la tenue trama). Parece que buscamos, en nuestra seriedad como lectores, cosas distintas. // Servidor está un poco cansado de oír que algo es “malo” porque no se ajusta al sota/caballo/y rey de personajes/trama/e identificación del lector); me pasa un poco lo mismo con el típico “show, don’t tell” (dependiendo de cómo me lo cuenten, me pueden contar casi cualquier cosa, y casi prefiero que me la cuenten a que me la muestren). // Zendegi no deja de ser un “ensayo novelado”, o más bien una “novela ensayística”, que no tiene nada de nuevo (ahí están Huxley y Orwell, dos de mis autores favoritos, por cierto), y en ese sentido funciona muy bien, IMHO, porque para disfrutarla no depende exclusivamente de los tres factores mencionados). // Si lo que queremos es ver a Emma Bovary haciendo el kamasutra en la quinta dimensión con espadas de luz, tal vez Egan no sea nuestro hombre. // Saludos y felicitaciones por lo leído. Hacen falta + sitios como este para hablar de libros como estos. // En serio // L.S.

    • Estimable punto de vista. Se me ocurre preguntarle si ha leído Accelerando, de Charles Stross, que viene siendo la novela diametralmente opuesta a Zendegi y de la que hablaré por aquí en breve. Se ajusta un poco a su definición de Emma Bovary haciendo el kamasutra en la quinta dimensión.

      Gracias por los parabienes.

      • Lector Serio says:

        Sí, la leí y me gustó mucho. Está claro que es una ida de olla total, especulación espectacular, en todos los sentidos, también en el “debordiano”.

        Y ahí creo que es donde Egan decepciona a los sheldon coopers, porque básicamente desde ‘La inmersión de Planck’ renunció a la pirotecnia por la pirotecnia y su producción se hizo más seria, más comprometida en cierto sentido. Algunos dirían más aburrida. Pero viendo el circo de payasos que es la ciencia ficción en general, y lo digo desde la admiración y el respeto por los circos y por los payasos (en parte es la atracción del género), no me parece mal que diera ese giro.

      • Odo says:

        “básicamente desde ‘La inmersión de Planck’ renunció a la pirotecnia por la pirotecnia”

        No sé si entiendo muy bien lo de “la pirotecnia por la pirotecnia”, pero a mí me parece que refleja muy bien lo que es el comienzo de “Glory”, buena parte de “Crystal Nights” y casi toda la “ciencia inventada” de The Clockwork Rocket y The Eternal Flame. Y todas esas obras son muy posteriores a “La inmersión de Planck”.

  5. Lector Serio says:

    Hola // Esos ejemplos que pones son pura pirotecnia, que no es lo mismo que pirotecnia². El matiz es difuso, como cabía esperar. Ambas producen sensawunda. No está del todo claro que sea la intención del autor lo que transforma la simple pirotecnia en pirotecnia². :-0 Puede que una dosis excesiva de “handwaving” también tenga algo que ver. // En cualquier caso, todo arenas movedizas de las más chungas.

  6. Odo says:

    No sé si me he enterado mucho, pero vale 🙂

  7. ¿Y todo este empeño para defender una periodización de la obra de Egan? Lector Serio, tenga en cuenta que ponerse a distinguir periodos en la obra de un autor vivo es un asunto arriesgado: se arriesga a que el australiano se destape con una novela de zombis cuánticos en las fallas de Valencia o en la semana santa sevillana y eso ya sería pirotecnia al cubo con extra de handwaving.

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