LA MÁQUINA ESPACIAL: Pícnic en las ruinas.

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Vivimos en pleno apogeo de lo retro. En todos los campos de las artes se reivindican y reinterpretan estilos y estéticas con la misma pasión con la que antes se perseguía la novedad y la ruptura. La moda y la música pop llevan ya un tiempo instalados en un ciclo de revivals incesantes, las nuevas bandas musicales rinden tributo a bandas músicos edad para ser sus abuelos y las tiendas de ropa parecen parques temáticos de los años ochenta (aunque tal vez eso haya cambiado desde la última vez que visité una, tal vez ahora se hayan rendido al coolness de los cincuenta o hayan vuelto a sucumbir ante el paisley y los pantalones acampanados). En literatura tenemos una serie de movimientos de dudosa novedad: el New Weird, la nueva sinceridad, el nuevo realismo… y así hasta la náusea. La cifi no se libra de esta fiebre revivalista y en los últimos tiempos hemos visto géneros enteros consagrados a recrear referencias viejunas, hasta el punto en que las novedades de estética retro amenazan con eclipsar la imagen futurista que se asocia habitualmente con el género. Tenemos el jetpunk, empeñado en volver a soñar los futuros posibles de los años de la Guerra Fría y la carrera espacial; tenemos el dieselpunk, que exalta la belleza de los tanques rusos de la Gran Guerra (a este respecto, me resulta imposible no recomendar al lector la adquisición de la novela corta Ostfront, del improbable Dr. Shiva von Hassel); y tenemos, superando a todos los anteriores en popularidad y penetración en los códigos generales del género, el steampunk o, lo que es lo mismo, el retorno a los orígenes del género en forma de ciencia ficción de sabor victoriano.

Uno tiene la intuición de que lo steampunk es en realidad una cosa de góticos renegados. Se sospecha fuertemente que la semilla original del subgénero muy bien pudo germinar en el cerebro debilitado por la absenta de un siniestro cansado del goticismo, probablemente repetidor de tercero de Industriales. Un siniestro inglés, claro, porque no tiene sentido sentir nostalgia de las últimas décadas del XIX si uno no es nativo de la Pérfida Albión; es por esto que el steampunk, como estilo y prácticamente sin excepción, es una cosa muy británica. Todo lo anterior, por supuesto, está basado en intuiciones y prejuicios y por lo tanto no se puede demostrar… ni falta que hace. El caso es que a los aficionados les mola cosa mala todo esto de leer sobre levitas y las luces de gas y las librerías están pobladas de novelas como A Natural History of Dragons de Marie Brennan (que yo sostengo que es steampunk y lo será más, aunque supongo que tendré que pelearme con los que digan que, como salen dragones, es fantasía), la serie de The Bookman de Lavie Tidhar o El Mapa del Tiempo del español Félix J. Palma, que también ejerció labores de editor en la primera antología de relatos steampunk escritos en español (Steampunk, una Antología Retrofuturista, editada, cómo no, por Fábulas de Albión): hasta este punto ha llegado la cosa.

Eso que mola tanto del steampunk.

Eso que mola tanto del steampunk.

Una característica definitoria de este tipo de novelas es que frecuentemente recurren al homenaje, cuando no al remake descarado, de los clásicos de la ciencia ficción de XIX. Las novelas de Stephen Baxter Antihielo y Las Naves del Tiempo, consideradas obras fundacionales del steampunk, están concebidas de forma explícita como sendos homenajes a Verne y Wells, pero es que además se puede uno encontrar un morlock o un marciano montado en un trípode en prácticamente cualquier sitio, desde la trilogía de Lavie Tidhar antes citada hasta los cómics de la Liga de Caballeros Extraordinarios de Alan Moore, una persona humana que ejerce sobre lo steampunk una influencia difusa pero decisiva, al igual que Michael Moorcock.

Fue por esta vía del remake como llegó a mis manos la primera ci-fi de estética retro que leí en mi vida, El Árbol de Saliva de Brian Aldiss, un remake de The Colour out of Space de H. P. Lovecraft (otro que tal) trasladado a la campiña inglesa y en el que el autor se las arregla para colar un cameo nada más y nada menos que al propio H. G. Wells. La conmoción producida en mi cerebro de adolescente acostumbrado a las naves espaciales fue grande, ni que decir tiene, como prueba el hecho de que mientras leía La Máquina Espacial de Cristopher Priest (RBA Fantástica) no dejaba de acordarme de la novella de Aldiss, dato este de gran valor psicológico (estarán pensando ustedes), pero que también encierra una verdad objetiva sobre ambos textos. Y es que los puntos en común de estas dos obras concebidas al calorcillo de la new wave británica son al mismo tiempo anecdóticos (¡en La Máquina Espacial también sale Wells como personaje!) y estructurales: en ambos casos se trata de traducir una narración previamente existente a un lenguaje más actual y directo, circunstancia esta que los separa de novelas como la de Marie Brennan o como los experimentos decimonónicos de David Mitchell que se caracterizan precisamente por transcribir con caligrafía primorosa la particular retórica de sus modelos literarios. El resultado de esto es una lectura ágil y una narración lineal que huye de complicaciones estructurales como de la peste; sería muy raro que ustedes tardaran más de dos o tres días en leerla.

Wibbly Wobbly Timey Wimey.

La máquina de la que estamos hablando.

La máquina de la que estamos hablando.

Cuando Cristopher Priest se pone a escribir La Máquina Espacial, viene de publicar una novela considerada casi unánimemente como una de las canónicas de la ci-fi (El Mundo Invertido, 1974), que venía siendo su tercera novela, tras las experimentales y complejas Indoctrinario y Fuga para una Isla. No es de extrañar que, tras semejante derroche, Priest decidiera tomarse las cosas con calma y emprender un proyecto aparentemente menos ambicioso, concebido en parte como homenaje a H. G. Wells y en parte como revisión de continuidad del universo Wells en la que se rellenarían los huecos entre lo narrado en La Máquina del Tiempo y en La Guerra de los Mundos, unidas de este modo en un admirable juguete metaliterario en la que el todo es más que la suma de las partes.

La novela arranca presentándonos a Edward Turnbull, el narrador, un viajante de comercio enamoradizo que conoce por casualidad a una tal Amelia Fitzgibbon, a la sazón pariente y amanuense de un conocido inventor, que no es otro que el mismísimo protagonista de La Máquina del Tiempo. Edward acude ufano a visitar a Amelia a casa de Sir William, por amor y, sobre todo, porque olfatea la posibilidad de hacer negocio: Sir William es conocido por ser el intrépido propietario de un automóvil y, precisamente, Edward tiene depositadas todas sus esperanzas en una nueva línea de complementos para el automovilista que ha diseñado él mismo y que confía lo saque pobre. El chasco le llega a Turnbull cuando Amelia le revela que Sir William, siguiendo la lógica evolución de los intereses de un mad doctor victoriano, ha perdido todo aprecio por los automóviles, se ha dedicado durante una corta temporada al diseño de máquinas voladoras y, finalmente, ha culminado la labor de su vida construyendo una flamante Máquina del Tiempo y el Espacio que tiene instalada en su cottage como quien tiene un jacuzzi.

Atención, pregunta: ¿qué hacen dos jóvenes decimonónicos enamorados cuando se encuentran por casualidad ante una máquina espaciotemporal completamente operativa y sin vigilancia? Correcto. Deciden probar la máquina. Los motivos de esta osada conducta son, desde luego, dignos de análisis, pero antes de eso y teniendo en cuenta que hace ya algún tiempo que no pontifico por aquí, me van a permitir una breve digresión sobre los viajes en el tiempo y la ciencia ficción.

Qué tiempos aquellos...

Qué tiempos aquellos…

Desde algún punto de vista, todas las novelas de ciencia ficción son viajes en el tiempo. No es necesario que los protagonistas viajen efectivamente en el tiempo, ya lo hace el lector por ellos al ser desencajado por el relato de su propio eje sincrónico y trasladado a otro futuro o pasado posible, que puede ser tan lejano como el año 3000 o tan próximo como la segunda década del presente siglo o, ya que estamos, los últimos días del XIX. Como el pasado (y el futuro) son países extranjeros, los lectores de ciencia ficción no son sólo viajeros en el sentido temporal, sino también en el espacial, análogos en todo a aquellos exploradores victorianos que se adentraban en las regiones más remotas del Imperio en busca de algo de shock value con el que aderezar los relatos que contarían tras su regreso al club de caballeros londinense donde fumaban en pipa. Uno de los mayores alicientes de este tipo de viajes ha de ser , supongo, el contraste cultural, el contacto con unos usos y costumbres que, de puro extrañas, acaban extrañando nuestras propias peculiaridades culturales y no sorprende que, tras su regreso a la metrópoli, adquirieran fama de excéntricos.

Algo parecido pasa con los lectores de ciencia ficción. No lo digo por lo de la fama de excéntricos (que también), sino por el amor que profesan por las peculiaridades culturales ajenas. En este sentido, hay que señalar que una gran cantidad de comentaristas de La Máquina Espacial destacan como elemento de especial interés la relación romántica que se da entre los dos protagonistas y que conlleva “una gran carga de erotismo” a juicio de Javier Negrete, autor del prólogo. Y es cierto que la relación entre Edward y Amelia, pese a ser de un tipo sumamente atrevido para los cánones de la moral sexual victoriana, resulta enternecedoramente tímida y titubeante desde nuestro propio punto de vista, no digamos ya desde el de los años 70, esa década mítica de liberación sexual en la que se redactó la novela. Hace gracia, claro, pero, aunque es evidente que los códigos morales han cambiado mucho en los últimos ciento y pico años en lo tocante a aquellas relaciones que en el tardofranquismo de los setenta se denominaban cándidamente “prematrimoniales”, no me parece éste el shock cultural más importante del libro. Tal lugar de honor correspondería más bien, a mi juicio, a la alegre y despreocupada actitud que muestran los protagonistas hacia los productos del progreso científico-tecnológico.

Volvamos a plantear de otra manera la pregunta de antes: ¿ustedes se montarían vestidos de calle en un prototipo experimental de máquina del tiempo que se hubieran encontrado en el sótano de un tío suyo? No, ¿verdad? Yo tampoco. Eso es porque ustedes y yo somos muy conscientes de los peligros que entraña el uso de la tecnología y entendemos que las consecuencias de una aventura de ese tipo pueden variar entre el simple envenenamiento por radiación y la destrucción del mundo mundial. Poca broma con eso. Los protagonistas de la novela, por el contrario, son ignorantes de esta dura lección que nosotros aprendimos a golpe de bombas atómicas y perciben las fuerzas de la técnica y el progreso como esencialmente benignas y proveedoras de maravillas en el más puro estilo de las novelas de Verne. Este es el auténtico motivo por el que el hecho de que Edward y Amelia se monten tan imprudentemente en la máquina del tiempo no es otro caso de idiot in the attic, es más bien la conducta que cabría esperar de unos jóvenes británicos educados en el positivismo de su época: se montan en la máquina porque no perciben en ella nada temible.

¿Qué podría salir mal para un inglés victoriano? Nada, claro. Es por eso que, incluso tras haber provocado con su torpeza un aparatoso accidente de circulación espaciotemporal que acaba obligándolos a hacer aterrizaje de emergencia en Marte, la parejita no pierde la compostura. Seguramente todo se podrá arreglar con facilidad acudiendo al consulado británico más cercano. Por desgracia para ellos, el planeta Marte parece haberse adentrado ya en las tenebrosas aguas que fueron para nosotros la experiencia del siglo XX.

Martian Time-slip.

¡Marte para los marcianos!

¡Marte para los marcianos!

Supongo a los lectores vagamente familiarizados con la mitología wellsiana de La Guerra de los Mundos, de modo que lo que viene ahora no podrá ser considerado SPOILER. Si resulta que usted no ha leído La Guerra de los Mundos, no sé que hace pretendiendo leer La Máquina Espacial o, para el caso, este blog: póngase al día con Wells y luego vuelva por aquí. ¿Ya? Estupendo, pues el caso es que Edward y Amelia llegan a Marte en los ajetreados meses previos a la invasión de la Tierra y lo que se encuentran allí en términos de civilización marciana es sospechosamente parecido a los peores futuros que imaginamos para nuestro planeta, y no es que ellos comprendan estas duras realidades a la primera de cambio. De hecho, al principio están demasiado hipnotizados por las maravillas tecnológicas como para darse cuenta.

El tren de alta velocidad que los transporta a través del yermo marciano les parece lo suficientemente milagroso como para no fijarse en el apocalipsis medioambiental que están atravesando. Las ciudades marcianas están habitadas por humanoides tristes que se retiran por las noches de unas calles barridas por los haces de los reflectores, un detalle que hace las delicias de Edward y Amelia, más acostumbrados a alumbrarse con luz de gas, y facilita sobremanera la labor de los camiones que las recorren recogiendo disidentes para las “fábricas”, siendo la palabra “fábrica” la única disponible para que un victoriano se refiera a lo que a todas luces es más bien un campo de trabajo y, como descubriremos muy pronto, de exterminio. Tampoco parecen disponer del concepto de “toque de queda”.

Los detalles de esta Dialéctica de la Ilustración Marciana no los conoceremos hasta pasada la mitad de la novela. Al parecer, la su civilización era muy parecida a la terrestre en un principio, con sus imperios y sus guerras, pero con una importante limitación de la escasez de materias primas, sobre todo aire y agua, que el narrador achaca a la pequeñez del planeta. Incapaces de solucionar el problema por si mismos, los científicos marcianos tiran por la calle del medio y deciden crear una raza de seres superinteligentes que les saquen las castañas del fuego, son los BEM (bug-eyed monsters, para los despistados)  cabezones que todos reconocemos sin problemas como los marcianos de Wells (cuando aquí aprendemos que el común de la raza marciana es puramente humanoide), listísimos, pero de movilidad limitada y enteramente dependientes de las transfusiones de sangre que han de recibir periódicamente. Las cosas, por supuesto, no se desarrollaron del modo más deseable: “… los antiguos científicos no habían sido capaces de prever que aquellos seres, además de poseer un intelecto inmenso, llegarían a ser implacablemente crueles…” (aquí se sugiere claramente que ambas cosas, el enorme intelecto y la implacable crueldad son caras de la misma moneda). Total, que, a pesar de que “en las etapas iniciales de su trabajo, y a pesar de su gran crueldad, las criaturas monstruosas no eran tan malvadas y le proporcionaron grandes beneficios al planeta“, con el paso de los siglos su necesidad de sangre aumentó y todos los animales inferiores se extinguieron, de modo que tuvieron que hacer lo más lógico y esclavizar a la humanidad marciana para poder consumir su sangre. En el momento de la novela, cada BEM necesita consumir la sangre de un nativo al día sólo para mantenerse con vida, como si de un banquero o miembro del Club Bilderberg se tratara.

Fieles a lo que cabría esperar del desarrollo de una civilización tecno-fascista, los monstruos se enzarzan a continuación en una Guerra Mundial con la subsiguiente carrera armamentística (los famosos “rayos de calor” de la novela de Wells habrían sido creados para fines civiles, pero se adaptaron al uso militar durante este período) y, a continuación, se disponen a emprender su etapa imperialista aplicando toda esta tecnología a la conquista del planeta vecino, el nuestro.

Un filósofo.

Un filósofo.

Ni que decir tiene que todo esto subleva a nuestros protagonistas (¡No hay derecho!), que inmediatamente se sienten llamados a poner fin a los planes marcianos. No les voy a cansar (y spoilear) con los detalles de su retorno a la Tierra, pero sí voy a señalar que la experiencia en el infierno marciano no erosiona demasiado la confianza de Edward y Amelia en las fuerzas benéficas del progreso ya que a su llegada no se les ocurre nada mejor que utilizar la máquina del tiempo de Sir William y una caja de granadas para combatir la invasión, una actividad para la que contarán con la ayuda del propio H.G. Wells, que se presenta a si mismo como “un filósofo”. Durante este episodio de guerra de guerrillas (a la postre inútil ya que, como sabrán, es la vulnerabilidad marciana a los virus y bacterias terrestres, esto es, la propia Naturaleza, la encargada de detener a los invasores), se produce el episodio que más me hizo sonreír en todo el libro y que acabo inspirando el subtítulo de esta humilde reseña: tras haber destruido un número respetable de máquinas de guera marcianas, Amelia insiste en parar a merendar en un parque londinense y, ni cortos ni perezosos, cogen la cestita y el mantel de cuadros y organizan un pícnic entre los cráteres y las columnas de humo del horizonte.

Tras la derrota de enemigo, es el momento de entrar en reflexiones y aquí Wells se revela efectivamente como un filósofo ( ¡y uno de la Escuela de Frankfurt! ) cuya percepción de lo sucedido supera con mucho a la de Edward y Amelia:

Nuestro problema ya no es cómo enfrentarnos a esta amenaza, sino como disfrutar del botín del vencedor. Tenemos a nuestro alcance la tecnología marciana y seguro que nuestros científicos hacen buen uso de todo lo que nos rodea. Sospecho que los tranquilos días del pasado no volverán jamás del todo, porque estas máquinas de guerra y vehículos terrestres van a acarrearle cambios fundamentales al modo de vida de todo el mundo. Nos encontramos en los primeros años de un siglo, un siglo que presenciará muchos cambios. Y en lo más profundo de esos cambios se luchará la batalla entre la ciencia y la moral. Esa es la batalla que han perdido los marcianos ¡y en la que debemos embarcarnos nosotros!

Y en esas seguimos.

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4 Responses to LA MÁQUINA ESPACIAL: Pícnic en las ruinas.

  1. Lector Serio says:

    Abundando en la cuestión wellsiana, permíteme remitirte a esta entrevista-charluqui entre Will Self y John Gray, en la que se habla mucho y regular del bueno de H.G.: http://bit.ly/t862iO ((la crema a partir del minuto 18, más o menos; la entrevista en sí no tiene desperdicio)).//Serios saludos// L.S.

  2. Floyd says:

    I read this piece of writing fully concerning the
    resemblance of latest and preceding technologies, it’s remarkable article.

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