GABRIEL REVISITADO: Help the aged.

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En una fecha indeterminada del siglo XXI, Gabriel Valcárcel, prestigioso científico español por raro que suene, diseña un prototipo de robot desprovisto de programación básica y de las famosas tres leyes de la robótica. Es un robot humano, o un robot con libre albedrío, como le gusta decir a su creador con expresión de seminarista. Pese a lo rocambolesco del proyecto, Gabriel Valcárcel no es ningún mad doctor. De hecho trabaja auspiciado por una gran compañía multinacional dedicada a la robótica y se conduce, en general y obviando el tema del robot, con gran sentido común.

Año 1962. España aún anda por poco más de la mitad de los cuarenta años de paz cuando Domingo Santos publica Gabriel. No es su primera novela (de hecho, es su tercera), pero me intriga que podía pasar por la cabeza de Pedro Domingo Mutiñó para meterse en semejante fregado. Los robots, ya se imaginan ustedes, eran cosa muy ajena a la España del 62, un tiempo y una tierra previas a la tecnocracia y el desarrollismo, donde se había proscrito la inteligencia con gran eficacia, y, más que ninguna, la inteligencia científico-técnica. Todos ustedes recordarán con cierto orgullo patriótico la anécdota de Unamuno afeándole a Millán Astray el grito de “¡muera la inteligencia!” pronunciado en el claustro de la Universidad de Salamanca tras la victoria nacional, pero no conviene olvidar que fue el mismo sabio bilbaíno el que pocos años antes dijo aquello de “que inventen ellos” y se quedó tan pancho. Dicen en io9 que no siempre fue así, que la España republicana le daba al pulp y a la ci fi con igual ahínco que otros territorios, pero lo que es el 1962 muy poquito, prácticamente nada. Es probable que Domingo Santos sí fuera un mad doctor para sus contemporáneos, pero uno al que le sale bien la jugada hasta el punto de que la semilla llega a arraigar en la tierra poco propicia y se convierte, tras una vida dedicada a desasnar a sus contemporáneos, en algo así como una figura señera de la ciencia ficción española. Todo un triunfo de la voluntad.

¿Estaríamos aquí hablando de estas cosas de no haber sido por la labor pionera de Domingo Santos? No lo sé ¿acaso tengo cara de oráculo? Lo que sí que es cierto es que nuestro hombre ha ejercido una influencia poderosa sobre los aficionados españoles y es por ello que uno se acerca a sus obras con un respeto poco menos que reverencial, el mismo que merecería el Códice Calixtino antes de pasar una temporada embolsado en el garaje de un electricista. No procede, por ejemplo, comparar Gabriel con otras obras contemporáneas que abordan el mismo tema como puedan ser vN de Madeline Ashby o The Life Cycle of Software Objects de Ted Chiang; sería injusto. Al menos eso es lo que pensaba antes de empezar la lectura, lo que seguiría pensando si el Gabriel que hubiera caído en mis manos fuera la versión original que pudieron leer los españolitos del 62, antes de ver un Sputnik o tan siquiera a un señor poniendo el pie en la Luna. Una versión original tendría, sobra decirlo, enorme interés histórico y una especie de dignidad a prueba de bombas que la protegería de las críticas malintencionadas. El problema es que lo que Sportula pone en sus lectores de ebooks a un precio muy competitivo no es el Gabriel original, sino la versión reloaded que Santos publicara ya en 2004 bajo los auspicios del editor Juan José Aroz… y no es lo mismo.

Un santo de Santos.

Un santo de Santos.

La revisión del texto nos depara referencias a cosas como las tres leyes de la robótica asimovianas, internet o el orgasmo femenino que suponemos prácticamente desconocidas para los españoles de los sesenta y, a decir de Miquel Barceló, “se mejora la estructura, se llenan los tiempos muertos, se profundiza en las reflexiones que los personajes (y el autor) desean hacer para que «entremos» en la problemática de ese robot inolvidable”, teniendo esto como resultado, siempre a juicio del reputado prologuista, un triunfo absoluto de la veteranía y el buen hacer narrativo del Santos de hoy sobre el de hace 50 años. Mucho me temo que uno, aun sin haber tenido oportunidad de leer la novela original, no puede estar de acuerdo en este punto.

Amicus Plato sed magis amica veritas.

No, no voy a quejarme de que Gabriel funcione con chips en lugar de cintas perforadas, aunque es bien cierto que preferiría que la novela conservara su ingenuidad primigenia, lo que nos permitiría reivindicarla como baluarte del jetpunk patrio, pero, limitándonos a lo puramente narrativo, sí que hay un par de cosas de las que Santos, puesto a modernizar, podría haber prescindido por el bien de sus lectores.

Autómatas famosos.

Autómatas famosos.

La primera y más importante de todas ellas es el narrador omnisciente en tercera persona. Es bien sabido que hoy en día, los lectores prefieren narradores, no necesariamente en primera persona, pero sí muy ligados al punto de vista del personaje, la famosa tercera persona limitada, para entendernos. Ustedes pueden pensar que esto obedece simplemente a una moda pasajera e igual hasta tienen razón, pero el caso es que aquí el narrador omnisciente tiene una tendencia alarmante al subrayado reiterativo e innecesario, vean si no me creen: “Mientras franqueaba aquel último obstáculo Gabriel sonrió, un gesto humano al que empezaba a aficionarse” y, pocas líneas más abajo: “Gabriel se lo agradeció con una sonrisa que era cada vez más humana“.

Hacia la mitad del libro, por ejemplo, el siguiente párrafo se erige en culminación de las numerosas referencias ajedrecísticas que salpican el texto en un claro intento de transmitir al lector el carácter lógico y analítico de la mente mecánica:

“Desde un principio había establecido su línea de actuación como una partida de ajedrez. Tras cada movimiento estudiaba la situación y proyectaba las posibles acciones futuras de acuerdo con el movimiento que efectuara a continuación el contrario. Podía examinar en diez segundos cien movimientos posibles del adversario y proyectar el desarrollo de las posibles cincuenta jugadas siguientes: 10050. Eso debería de cubrir prácticamente todas las posibilidades.

 Las máquinas son buenas jugando al ajedrez.”

Las cursivas, por supuesto, son mías.

Hay incluso una escena en que Gabriel “cambia el chip” y el autor considera necesario informarnos de que esta expresión tan humana es especialmente indicada en su caso.

Hay que buscarle una novia al niño a ver si lo espabila.

Hay que buscarle una novia al niño a ver si lo espabila.

Tanto o más molesta que la tendencia a decirlo todo es la tendencia a decirlo mucho, y aquí sí que pinchamos en hueso, porque Gabriel abunda en monumentales info dumps, seguramente muy necesarios para familiarizar a sus lectores originales con conceptos tan novedosos como las inteligencias artificiales o las colonias lunares (recordemos: España, 1962), pero de los que seguramente se podría haber prescindido en esta ocasión o, cuanto menos, haberlos integrado de forma algo más sutil en las palabras y acciones de los personajes. ¡Venga, vamos, confiemos un poco en la inteligencia del lector!

Todo esto puestos a modernizar, quiero decir.

Otro aspecto que se destaca con frecuencia de Gabriel es su carácter de novela filosófica. En fin, ustedes entenderán que si estamos hablando de un robot creado con libre albedrío (poca broma con eso) que busca su misión en esta vida y sostiene desapasionados intercambios de opiniones con su creador, estamos abriendo la puerta a numerosas cuestiones de índole filosófica y teológica que bien podrían proporcionar los mimbres para una novela existencialista de esas tan populares por aquellas épocas, pero que aquí encuentran respuesta sin cansar mucho la cabeza nada menos que en aristotelismo neotomista que era, según cuentan las crónicas, el único tipo de filosofía que se impartía en las aulas españolas. Así, durante los primeros capítulos asistimos a un fulgurante desfile de tópicos de la filosofía católica saliendo de los labios de un robot y de un científico del futuro: que si los tres tipos de alma (vegetal, animal y humana, para los despistados de la filo de COU, a las que habría que añadir el alma robótica, forma primera del cuerpo de silicio y grafeno); que si todo lo que existe tiene una finalidad, y venga a vueltas con el pobre robot metiéndose en unas camisas de once varas terribles por la manía de andar por ahí buscando su misión en esta vida en lugar de, no sé, vivir.

Impresión del artista.

Impresión del artista.

Aquí tienen un buen ejemplo de una vida arruinada por las opiniones de los pérfidos filósofos porque, claro está, tanta indagación existencial sólo puede terminar en tragedia y no creo que sea spoiler decir que, al final, Gabriel acabará sacrificándose por una humanidad que lo desprecia y lo teme… no sin antes reconciliarse con su creador, quiero decir, con el doctor Valcárcel. El tramo final de la novela nos revela, por fin, la verdadera naturaleza de Gabriel que, lejos de ser el Frankenstein que su humilde y ajetreado origen podría hacer sospechar, es en realidad otro Jesucristo que ha venido a dar su vida por el simpatiquísimo homo sapiens.

Leído hoy, es cierto, este planteamiento puede parecer extraordinariamente ingenuo y previsible, pero, prueben a ponerse en las gafas de un ciudadano de alguna pedanía turolense que, habiendo dado con la novela por casualidad en el quiosco de una estación de cercanías, se pone a leerla una tarde cualquiera de principios de los sesenta rodeado por una España tan gris, tan triste…

 Sí, exactamente.

Ps.-Esta entrada ha sido redactada para formar parte del especial que Sense of Wonder, blog compañero y sin embargo amigo, está dedicando a la editorial Sportula, que Alá colme de leche las ubres de de sus camellas. La labor de Sportula me parece admirable en muchos sentidos y me hubiera gustado tener cosas más positivas que decir; la próxima vez será.

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2 Responses to GABRIEL REVISITADO: Help the aged.

  1. Alexander says:

    Otra reseña sublime, un placer leerte, (algunas las he leído dos y tres veces). El especial Sportula es genial.

    • He de confesar que yo también me leo mucho; antes de publicar, sobre todo, por precaución y después por vanidad.

      El especial Sportula es justo y necesario, esperemos que los suplementos dominicales de los principales periódicos tomen nota.

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