SÓLO EL ACERO: La pluma es más poderosa que la espada.

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A día de hoy y con los datos estadísticos que WordPress pone en mi mano, se puede concluir que la más popular entre ustedes de entre las algo escasas entradas de este blog es la que dediqué hace un par de meses a la novela de Joe Abercrombie Los Héroes y al fenómeno de la gritty fantasy. Como uno se debe a su público, me decidí a leer y reseñar Sólo el Acero (Alamut) , de Richard Morgan, que ya era santo de mucha devoción en esta casa por sus obras cyberpunkis, Carbono Alterado y Leyes del Mercado (ambas en Gigamesh), un libro que tiene la virtud de sacar de sus casillas a los enemigos de la fantasía sucia tanto o más que los de Abercrombie y que además cuenta con una traducción de Manuel de los Reyes lo que equivale a decir que el texto está en mejores manos que los pacientes del doctor Bartolomé Beltrán.

 Además, la polémica sobre lo gritty está de plena actualidad. A nivel doméstico, hemos tenido una discusión (en El Fantascopio) sobre el posible carácter conservador de la fantasía épica, discusión que, por lo menos, ha tenido el mérito de suscitar este post de Alberto Morán Roa. También hemos tenido ocasión de leer multitud de artículos al respecto, la mayoría de los cuales se pueden encontrar, amablemente recopilados by the man himself, en el blog de Joe Abercrombie. De entre todos ellos destacan, al menos para mí, los que abordan el tema de la representación del género dentro del género como pueda ser éste de Foz Meadows o éste otro de Liz Bourke.

 Me resulta especialmente curioso por paradójico el hecho de que en las novelas de Abercrombie, quien, según su propia declaración, se precia de construir unos mundos secundarios lo más realistas que puede, no aparezca ningún personaje homosexual. Digo paradójico porque la fantasía épica así en general y, sobre todo, en la imagen de guerreros sudorosos en taparrabos que se ha formado en la imaginación colectiva, tiene un clarísimo potencial como icono gay. Sí, es cierto que si recorremos las obras clásicas de la fantasía no nos vamos a encontrar con demasiados guerreros que amen a otros guerreros, por no hablar de damas que decidan entregar su virtud a otras damas, pero eso es lo de menos porque el aficionado atento siempre ha tenido la impresión de que los autores le estaban ocultando cosas sobre sus personajes favoritos. Seguramente ustedes, como yo, han llegado a sospechar que Tolkien no nos lo estaba contando todo sobre la relación entre los hobbits Pip y Merry, o que la languidez extrema de Elric de Melniboné resultaba muy sospechosa y que, probablemente, el trágico romance con su prima no era más que una tapadera. Mucho de este cripticismo se debe sin duda a que muchas novelas de fantasía se escriben apuntando al jugoso target de lo young adult, cuando no son franquicias o universos compartidos con un libro de estilo bastante estricto en lo referente a la representación de cualquier tipo de sexualidad, como bien nos explica Gav Thorpe en este curioso artículo sobre la posible homosexualidad de los elfos del universo Warhammer. Ya se sabe que los jóvenes ignoran lo que es el sexo y no se van a enterar a no ser que algún escritor cometa la indiscreción de contárselo.

Bárbaro de Jardín.

Bárbaro de Jardín.

 Es cierto que en los últimos años esta situación se está relajando mucho, por lo menos en lo que atañe a la fantasía para adultos (la verdad es que, dicho así, parece algo de porno) y hasta existe unos premios (los Gaylactic Spectrum Awards) que distinguen a aquellas obras de fantasía y ciencia ficción que más y mejor contribuyan a la visibilidad de gays y lesbianas dentro del género, premio que, por cierto, ganó Sólo el Acero en 2010.

 El caso es que, a pesar de que los signos estaban ahí, bien claritos para el que los quisiera ver, conocemos a algunas personas adultas que, habiendo leído religiosamente todos los libros de Canción de Hielo y Fuego, se llevaron las manos a la cabeza cuando llegaron a descubrir gracias a la serie de la HBO que ¡Ser Loras era gay! porque al parecer, según ellos, Martin no lo deja nada claro en los libros. Como si lo del caballero de las flores no fuera lo bastante descriptivo…

 Pues no se preocupen, que aquí llega Richard Morgan que, muy consciente de las limitaciones intelectuales de ustedes, se dedica a dejar muy claro desde el principio que el héroe de su novela, Ringil Ojos de Ángel, es marica. Lo hace a la vez diciéndolo (Ringil está todo el rato poniéndose intenso con la incomprensión de su familia y de la sociedad en general) y mostrándolo en una serie de detalladas escenas de índole homoerótica, que supongo le habrán producido a Leo Grin un ictus, y que resultan, así de buenas a primeras, uno de los rasgos más distintivos del libro, tanto es así que cuando finalmente parece que la confrontación de Ringil con su archienemigo es inminente, lo que se acaban cruzando no son precisamente las espadas. Pero veo que me estoy dejando llevar por el sensacionalismo y el chiste fácil, así que vamos a intentar reconducir esta reseña empezando por el principio.

Go weeeeest

Go weeeeest

 Lo primero que hay que dejar claro es que Sólo el Acero no tiene un único protagonista, está narrado desde tres puntos de vista: el del ya mencionado Ringil, el del nómada de las estepas Egar Matadragones y el de la mestiza Archeth, abandonada por una raza de ingenieros de piel de ébano entre los humanos como servidora de un emperador al que desprecia y empeñada en mantener en funcionamiento la tecnología de los suyos, que es de esas tan desarrolladas que se confunden con la magia. Archeth, además, es lesbiana, pero esta cuestión de la opción sexual no tiene tanta relevancia para en su arco argumental como para el de Ringil porque practica una especie de celibato autoimpuesto. Una cosa los cualifica especialmente como héroes del hard boiled: los tres son veteranos de una guerra que libro la humanidad con una raza de criaturas dracónicas (¡hola, Margaret Weiss!), pero eso fue hace tiempo y. en el momento de la novela, nuestros tres héroes, que una vez fueran uña y mugre, viven separados por la distancia y no se van a reunir hasta las últimas páginas durante un clímax algo raquítico que no hace más que subrayar que Sólo el Acero no es más que el primer acto de una historia mayor.

 Llegados a este punto, hay que señalar que, en mi humilde opinión, el principal defecto de la novela es que existe un cierto desequilibrio entre sus partes: la narración de Ringil no sólo ocupa más páginas, sino que resulta considerablemente más interesante que las otras dos y uno se encuentra contando las páginas que le faltan para llegar al próximo capítulo protagonizado por el bello guerrero. Esto puede deberse a lo que declara el propio Richard Morgan en este tronchante artículo sobre que su única intención en estos libros era traducir el repertorio de la novela negra al lenguaje de las espadas y los bastones mágicos, declaración de la que no tenemos ningún motivo para dudar, máxime cuando los elementos propiamente de ambientación épica, usease el worldbuilding, no pasan de ser una acumulación de tópicos genéricos: que si unos nómadas de las estepas por aquí, que si unos dioses que bien podrían ser astronautas hipertecnológicos por allá y que si unos viajes interdimensionales que ríase usted de Michael Moorcock por acullá. Esto, en un escritor de la talla y experiencia de Morgan, no puede deberse a error ni a omisión, sino más bien a falta de interés. El plan de la obra no es dejar patidifuso al lector con la creación de un mundo secundario original y coherente; es otro, y, en este honorable empeño de ser la novela de espadas que habría escrito un Dashiell Hammett gay, la línea argumental de Ringil es la que más se acerca a la perfección, al menos hasta su último tramo.

 Repasemos, sin ánimo de hacer spoilers. La historia de Archeth es la de la funcionaria imperial que descubre que una antigua amenaza está levantando cabeza y no encuentra quien la crea; una peripecia bastante frecuente en el género, sin ir más lejos es lo que estaba haciendo Gandalf antes de que empezara El Señor de los Anillos, aunque aquí se entremezcla con el tema tan querido por el noir de las corruptas clases póliticas, sátrapas imperiales en este caso. Egar el Matadragones no se enfrenta a ningún dragón, sino a una conspiración que pretende apartarlo del caudillaje de su clan por el expeditivo método de la espada en el corazón; la trama resulta un poco esquelética, si bien se adereza con un par de manifestaciones daimónicas de esas que dan instrucciones enigmáticas y pocas explicaciones.

La escena de las duchas.

La escena de las duchas.

Frente a todo esto, la historia de Ringil es la más fiel a las convenciones de la novela negra. El guerrero, metido aquí a detective, será reclamado por su propia familia para localizar a una prima vendida como esclava por un marido tróspido y para ello deberá retomar sus viejos contactos y amistades en el inframundo de su ciudad natal (el tráfico de esclavos ha sido legalizado por los consabidos políticos corruptos, pero hasta hace poco compartía la marginalidad con la homosexualidad y el consumo de drogas que son, precisamente, las actividades favoritas de Ringil). Una premisa clásica, como pueden ver, bajo la que sólo cabe esperar escenas de interrogatorio, tipos patibularios y peleas callejeras; exactamente lo que ofrece el libro y todo ello servido con una prosa ágil, funcional y efectiva que huye de lo lírico y se concentra en que la sangre, el semen y otros fluidos indeterminados salpiquen la cara del lector desprevenido.

 Esperemos que la segunda parte, con los tres héroes finalmente reunidos, dé algo más de si en el capítulo de las interacciones entre los personajes, ya que en esta ocasión Morgan ha optado por prescindir casi por completo de sidekicks y otros personajes con los que los héroes pudieran entablar conversaciones casuales y distendidas (Ese Egar, el pobre, que se pasa toda la novela en soledad excepto cuando toca liarse a matar enemigos) y el resultado le ha quedado un pelín intenso.

 Pero todo esto no responde a la pregunta que todos ustedes se estarán haciendo: ¿Es Sólo el Acero una novela conservadora por el mero hecho de ser una fantasía épica? Retomando el artículo de Liz Bourke en Tor.com que inició toda esta polémica, convendrán conmigo en que no se le puede achacar un carácter conservador al género por el mero hecho de representar sociedades y sistemas políticos pseudofeudales y por ello totalmente ajenos al concepto de soberanía popular, ni porque los personajes que habitan esos mundos se representen de la forma más realista posible, incluida la característica nostalgia que al parecer sentían nuestros antepasados por alguna mítica Edad Dorada que darían lo que fuera por restaurar. No, una novela puede tener todo esto y seguir siendo escrupulosamente marxista siempre y cuando no ofrezca una visión idealizada de la vida en el Antiguo Régimen y trate a las instituciones políticas y religiosas con la saña que merecen, y aquí hay que reconocer que, en este apartado, la novela de Morgan saca buenas notas.

 El único representante de una religión más o menos organizada que aparece, el chamán del clan de Egar, utiliza la superstición para mantener un férreo control sobre su gente y, en su vida privada, resulta ser un putero enganchado al bondage (y sí, esto lo sabemos porque hay escena de BD/SM en un burdel, así que corran a comprar la novela). Los representantes del poder político y judicial no carecen a su vez de vicios de índole sexual, pero es que además todos ellos, desde los representantes del gobierno local a los mismos emperadores, puntúan alto en incompetencia e hipocresía, quedando el héroe individualista tan típico del hard boiled como único adalid y garante del bien y la justicia.

 El bien y la justicia impartidos a hostias, claro está, y con el modo chaotic good totalmente ON.

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2 Responses to SÓLO EL ACERO: La pluma es más poderosa que la espada.

  1. Odo says:

    Sería muy interesante comparar este libro con A Book of Tongues de Gemma Files (que tengo entendido que es un Brokeback Mountain con magia) y con “A punta de espada” de Ellen Kushner (“la del espadachín gay”, como he oído nombrarla). Conste que no he leído ninguna de las tres, pero me parece que sería una confrontación curiosa.

  2. Lord Beric says:

    En realidad si hay personajes homosexuales en la obra de Abercrombie. En la trilogía La Primera Ley la futura reina de la Unión, una despampanante belleza rubia a la que todos los hombres desan meter en la cama, resuelta que es una lesbiana que se acuesta con su dama de compañía 🙂
    Tengo apuntado Sólo el acero como futura lectura, ya me pasare a comentar cuando lo haya hecho. Me encantan tus reseñas del género

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