NOVUMS FICTIVOS: Esos locos, locos inventos.

7beauties

A estas alturas de la vida y de la lectura, supongo que ustedes, al igual que yo, ya habrán llegado a la conclusión de que Istvan Csicsery-Ronay Jr, aparte de un caballero que tiene que cargar con un nombre más bien propio de un aristócrata rumano, es algo así como la encarnación en nuestro plano de la realidad del maestro Yoda y el señor Miyagi, un ser de infinitos recursos intelectuales que no sólo sabe cosas, sino que sabe decirlas con una precisión y pericia que deja con la boca abierta a los doctos igual que a los legos, y consagrado a sacar de la Caverna al fandom mundial a poco que se acerquen a sus textos y declaraciones públicas. Pues fíjense ustedes como será la cosa del dominio que ejerce Darko Suvin sobre todo este asunto del novum, que el propio Istvan declara en esta entrevista que a punto estuvo de no abordar este tema en sus Seven Beauties por considerar que no tenía nada sustancial que añadir a lo aportado por aquel en su obra magna Metamorphoses of Science Fiction (1979).

 ¿Cómo dicen? Ah, bueno, pues si ustedes no tienen muy claro qué es un novum ni saben de la vida y milagros de Darko Suvin… Eso significa dos cosas: una, que no se están leyendo las lecturas obligatorias (leve levantamiento de ceja) y, dos, que tendremos que empezar por el principio.

 El Novum y el novum.

 El concepto de novum tal vez sea, aunque sus usos no se limitan a eso, el más utilizado por la crítica académica especializada en ci fi desde que Suvin lo teorizó exhaustivamente en la obra anteriormente citada hace la friolera de treinta y tantos años. Con todo, la idea no es original de Suvin, sino que éste la recoge de la obra del filósofo y visionario marxista Ernst Bloch, que no la aplicaba en el ámbito la ciencia ficción (obvio), sino en el de la Filosofía de la Historia. Estarán pensando ustedes que, en ese caso, no nos interesa demasiado profundizar en el uso que hace Bloch del concepto, pero se equivocan, y no sólo porque Bloch fuera casi, casi un santo, un hombre de recursos que llegó a escribir un libro entero sobre estas cosas en el rollo de papel higiénico que le proporcionaban en el campo de prisioneros nazi donde pasó la guerra como huésped forzoso, sino porque, en realidad, existen paralelismos más que importantes entre su uso del término y el de Suvin, al mismo tiempo que diferencias sustanciales y ambas cosas contribuyen a una comprensión cabal del tema que nos ocupa.

Aquí Bloch con unos colegas

Aquí Bloch con unos colegas

 Procedamos pues a una explicación somera y a nivel de usuario del Novum blochiano, que, como habrán podido apreciar, se escribe con mayúscula para diferenciarlo del otro. Chapoteando como un gorrinillo en la charca del mesianismo marxista tan propia de los intelectuales europeos del siglo pasado, Bloch llama Novum a ese momento de la Historia que, por su radical novedad, arranca a las personas de la inercia mecánica en la que están inmersas la mayor parte del tiempo y refresca, si bien temporalmente, la conciencia colectiva, poniendo todas sus facultades críticas en DEF CON 2. No estamos hablando de momentos de “gran potencial revolucionario”, sino de momentos de revolución en acto que son inmanentes al momento histórico que los produce (es decir, no son producidos por Dios, ni por el espíritu Hegeliano) al mismo tiempo que lo trascienden, señalando a otros mundos posibles que casi están ahí. La Comuna de París o la caída del Muro de Berlín son Novums en este sentido, así como la Revolución Francesa.

 De hecho, si ustedes recuerdan aquel texto de Kant que nos ponían en COU sobre la Ilustración, ya tienen una noción bastante aproximada e intuitiva de lo que es un Novum y, si no lo recuerdan, yo no se lo voy a explicar, del mismo modo que no les voy a decir que luego Bloch la lía parda admitiendo que el Novum no es en realidad una novedad, sino una restauración al estilo del Novum Organum o la Nueva Sinceridad, ni que toda la cadena de Novums históricos están orientados teleológicamente a la aparición final de un Ultimum que ya no sería transitorio, porque no interesa nada para el tema que nos ocupa y porque estoy de vacaciones de explicar esa clase de cosas.

 El caso es que lo que hace Suvin es algo así como “resecularizar” esto, que ya era a su vez una secularización propiamente dicha de la escatología cristiana de todos los tiempos, o, lo que es lo mismo, bajarle los humos (y las mayúsculas) al concepto que, de esta manera, seguirá funcionando más o menos igual, pero limitado al universo de discurso de un texto literario dado. Y es que el novum, ahora sí, es ese elemento presente en el mundo ficticio del texto que lo hace ser diferente del mundo, no necesariamente menos ficticio, que habitamos nosotros, los lectores.

 La máquina del tiempo de la obra homónima de Wells, el submarino del capitán Nemo (Verne), los replicantes de Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas (Dick) o el metaverso de Snow Crash (Stephenson), que luego vendría a encarnarse en este mundo sublunar bajo la forma de internet, son ejemplos clásicos de novums, pero según los exigentes criterios de Suvin, no es suficiente con que la narración presente un novum de este estilo, sino que tiene que estar dominada por este elemento hasta el punto de que el novum determine la acción, el setting y la unidad temática de la obra y lo haga, además, de una forma que el lector pueda aprehender mediante la razón y sin recurrir a intuiciones preternaturales, a esta última característica le llama Suvin “transparencia analítica” y si la novela de ci fi que está usted escribiendo no la presenta, va a ser que no es una novela de ci fi sino un ejemplo de “Nueva Narrativa Extraña“.

My novums bring all the boys to the yard

My novums bring all the boys to the yard

 Como ya habrán podido advertir los lectores más avispados por lo dicho en el párrafo anterior, el novum funciona como un criterio de demarcación (esta sería su función normativa) que permite separar lo que es ciencia ficción de lo que no lo es y, en este sentido, Suvin le pediría también que fuera respetuoso con lo que sabemos los lectores sobre el funcionamiento del mundo, o sea, con el método científico que él se obstina en llamar “cartesiano-baconiano”, la navaja de Ockham y el principio de falsabilidad popperiano o, si la cosa no da para tanto, que al menos sea coherente con sus propias premisas y no caiga en autocontradicciones y renuncios varios. Si usted no es capaz de respetar el primer grupo de condiciones será porque no es un escritor de ciencia ficción, sino de fantasía; si no es capaz de respetar la última, hágaselo mirar porque a lo peor esto no es lo suyo.

 Pero claro, buenos estaríamos si la única función del novum fuera levantar la patita y marcar territorio (cosa que, por otro lado, ya hacen los fans bastante bien ellos solitos); en realidad, también tiene una vertiente crítica que es la más importante y, además, crítica en dos sentidos que son los siguientes:

 a) Permite evaluar la calidad específica de la obra según la densidad de las relaciones que genera el novum en su mundo ficticio. Para entendernos, la forma en que lo transforma y lo hace divergente del nuestro en mayor o menor medida. Esta transformación, además, debe ser presentada en términos fundamentalmente históricos. La historicidad es, también, una condición sine qua non de la ci fi, no sólo de las novelas de historia alternativa (vean, por ejemplo, este bonito texto de Marie Brennan sobre el “modo folclórico” en fantasía para tener un ejemplo de lo contrario).

 Háganse a la idea de que el novum es el grano de arena y el mundo que se construye a su alrededor es la perla: cuanto más bonita y brillante la perla, mejor. Además, en la anterior analogía al autor le toca ser la ostra, lo que me parece muy adecuado.

 b) Permite despertar la conciencia crítica del lector y ponerla en DEF CON 2 con la misma eficiencia que el Novum blochiano. ¿Que cómo se supone que hace eso una novela de naves? Pues verán, resulta que el placer estético propio de la ci fi nace del tejemaneje que se trae el lector, no siempre conscientemente, entre el mundo ficticio de la novela y el suyo propio. El lector viaja, el lector compara, el lector alinea la figura de su mundo con la figura del mundo novelado y ambas imágenes componen un sígil de gran potencia mágica que tiene como efecto principal extrañar al lector de su propia realidad cotidiana y hacerle caer en la cuenta de que vive en una ficción ideológica. A este efecto le llama Suvin “extrañamiento cognitivo” y es, claro, la razón de ser de todo el género, pero esto ya lo saben porque más de una vez se habrán visto ustedes ahí. Espero.

Ese hombre...

Ese hombre…

 Como pueden ver, es mucho lo que Suvin pide del novum y, de hecho, tal condición puede quedar fácilmente deslegitimada si el novum en cuestión resulta ser banal, incoherente, dogmático o invalidado (no necesariamente por la ciencia real, sino incluso por la ciencia fictiva). La ciencia ficción audiovisual abunda mucho en todas estas categorías, como veremos más adelante, y no me voy a molestar ni en poner ejemplos.

 Por todo lo dicho hasta ahora, sobre todo la insistencia en el “realismo científico”, podrían llegar ustedes a pensar que el concepto suviniano de novum se aplica preferentemente a obras de ciencia ficción dura en el sentido más físico-matemático del término. Nada más lejos de la realidad. La sólida formación humanística de Suvin, de hecho lo lleva a preferir aquellas novelas en las que la interacción del novum con el mundo fictivo tiene un tratamiento antropológico e historicista y, como sabemos, muchas novelas hard pecan de ingenuidad y convencionalismo en la representación de las motivaciones de los personajes, sean estas individuales o colectivas, por lo que resultarían paradójicamente menos realistas por mucho que cuidaran su física cuántica.

 Los novums, se nos advierte, tienen siempre una vertiente material/objetual (una máquina del tiempo, por ejemplo) y una vertiente ética/social que deben interactuar dialécticamente en el mundo fictivo, aunque no se presupone nada sobre la naturaleza de esa interacción; puede ser que las creencias morales de un grupo social concreto constriñan la aparición del novum y la historia vaya sobre los científicos aguerridos que deben luchar contra tales prejuicios, puede ser que la aparición del novum trastoque los sistemas de valoración imperantes en la sociedad y obligue a los individuos a un reajuste ético importante. En cualquier caso, esta cuestión no puede ser soslayada.

 Lo que sí que es cierto es que el criterio suviniano, utilizado en su vertiente normativa, dejaría fuera del canon un gran número de obras que han sido tradicionalmente concebidas, comercializadas y disfrutadas por los fans como ciencia ficción. Novelas como La Mano Izquierda de la Oscuridad (LeGuin) o Embassytown (Miéville) sí serían ci fi, pero otras como Bill, el Héroe Galáctico de Harry Harrison o la práctica totalidad de la ci fi que van ustedes a ver al cine quedarían excluidas, y no tendrían mayor consideración que la de historias de aventuras o del oeste en las que sucede que los personajes se desplazan en naves espaciales en lugar de hacerlo a caballo. No tiene nada de malo ser ambicioso, sobre todo a la hora de hablar de un género que ha sido tan frecuente como injustamente denostado por su simplismo, pero dudamos profundamente de la utilidad heurística de una categoría académica que ejerce semejante violencia sobre el uso habitual que se hace del lenguaje, y algo parecido debe ocurrirle a Istvan Csicsery-Ronay, ya que, tras esta larga exposición de teorías ajenas, se apresura a matizar que a su entender (y al nuestro) el novum debería ser valorado también en su vertiente lúdica, es decir en su molonidad y en su potencial para generar aventuras rocambolescas y horas de entretenimiento y no solo en su potencial ético o revolucionario. Tampoco es que haya necesariamente una oposición entre ambas cosas, Csicsery-Ronay opina, como los Hermanos Pizarro, que hay que instruir deleitando.

 El novum en el “Mundo Real”.

El origen del mundo.

El origen del mundo.

 Para entender del todo la ciencia ficcionalidad contemporánea, vamos a tener que sacar la cabecita de nuestros mundos fictivos por unos momentos y echar una ojeada a la forma y manera en la que se manifiesta el novum en nuestra propia realidad consensuada.

 Para hacer esto vamos a tener primero que remontarnos muy atrás en el tiempo, tanto como a “la cuna de nuestra civilización” o, para ser más precisos a las grandes culturas de la Antigüedad que crecieron como resultado de la revolución neolítica. Culturas como la griega clásica o la egipcia, como es sabido, daban la espalda al concepto de novedad y, por ende, al novum. El tiempo se consideraba cíclico, como las cosechas, o, para ser más precisos, la Historia misma se consideraba un reenacting de unos ciclos míticos que habrían tenido lugar antes del tiempo ordinario, en una Edad de Oro, durante lo que los teóricos de la religión llaman el Tiempo Mítico. No es que no conocieran la novedad, es que no sabían qué hacer con ella por cuanto el auténtico valor de las cosas derivaba del significado que le atribuían los mitos y el novum, de producirse, debía parecerles una intrusión ominosa y funesta en los ciclos habitualmente regulares de la vida; aún así, la Edad de Hierro sucedió a la Edad de Bronce, trastocando el equilibrio del mundo conocido, de lo que se deduce que los novums sí que sucedían, aunque no con mucha frecuencia y, desde luego, no eran esperados ni bienvenidos.

 Tras la Modernidad, sin embargo, hemos sido adiestrados para esperar y celebrar el novum allá donde se produzca. El potencial de lo nuevo para transformar la Historia y las relaciones sociales ha sido ensalzado bajo la figura de El Progreso y se ha cultivado la habilidad adaptativa de los individuos como la virtud cardinal de nuestra época. De hecho, han hecho falta dos guerras mundiales y una Escuela de Frankfurt para que nuestra civilización aceptara el simple hecho de que las consecuencias del progreso en su acepción tecnocientífica no son siempre buenas ni deseables y que la teleología de la Historia o bien no existe o bien no nos está conduciendo necesariamente a la tierra de leche y miel que nos habían prometido.

Dialéctica de la Ilustración

Dialéctica de la Ilustración

 La aparición del novum para nosotros, individuos industriales o post-industriales, adquiere tintes de lo que Csicsery-Ronay, esta vez ya hablando en su propio nombre, bautiza de forma memorable como un apocalipsis inverso (Negative Apocalypse). No un fin del mundo absoluto como el de la escatología cristiana, sino un origen del mundo relativo, en el sentido en el que habitualmente decimos y pensamos que nuestro mundo comenzó con las píldoras anticonceptivas, con las vacunas, con internet o con la telefonía móvil, porque lo que había antes no era el mundo, no era nuestro mundo, sino uno ajeno al que no querríamos volver ni aunque nos pagaran. Esta concepción apocalíptica, como no podía ser menos por motivos genealógicos, acarrea un par de paradojas muy interesantes.

 La primera ya la insinuaba la semana pasada Cristina Jurado en su artículo sobre los neologismos y es que, de la misma forma que un autor de ci fi recurre a raíces griegas para formar un nuevo vocablo que signifique algo, nosotros no podemos concebir lo nuevo si no es por analogía con lo viejo. Así, hemos asistido al nacimiento del “carro sin caballos”, el “libro electrónico” o el “teléfono móvil” (que no eran, en realidad, ni un carro, ni un libro, ni un teléfono) como nuevos paradigmas que por su mera existencia ponían en evidencia las carencias del paradigma saliente que se revela como incompleto o ilusorio (el teléfono era un gran invento, pero no se podía sacar de casa etc.). Los nova fictivos también operan en este sentido, pero lo que ponen de manifiesto son las carencias de nuestros actuales paradigmas, como cuando la ciencia ficción propone en concepto de “coche volador”, novum banal donde los haya.

La segunda paradoja afecta más a los tiempos postmodernos en los que vivimos, en el que el ritmo de aparición de los nova es tan acelerado que han dejado de suponer una ruptura para constituirse en una continuidad, es decir, lo normal es que se produzcan incesantes novedades; lo nuevo sería que no se produjeran. En este sentido, y en lo que se refiere a nuestra realidad ciencia ficcional, el novum se ha convertido en el arquetipo de lo nuevo y nos hemos adaptado a esperar lo inesperado siempre.

Un novum o varios novums.

Un solo novum

Un solo novum

La exigencia suviniana de que el novum “domine” la narración conduce de forma natural a la preferencia por historias en las que sólo hay un novum o, al menos, solo hay un novum del que dependen todos los demás. Esta opción presenta muchas ventajas y algunos inconvenientes.

Para empezar, dota al relato de una cierta plausibilidad ya que, aunque la naturaleza del novum en cuestión sea inverosímil por demás, la supresión voluntaria de la incredulidad por parte del lector está casi asegurada. Al fin y al cabo es sólo UNA cosa la que tiene que aceptar, todo el resto del relato se deriva de esa cosa de manera perfectamente lógica y transparente. Además, normalmente esa cosa (el novum) aparece anunciada en la contraportada o incluso en el título de la novela; La Máquina del Tiempo, de Wells, podría parecer un ejemplo de bastante bueno de esto, aunque no hay consenso entre los sabios sobre si ese único novum sería la máquina del tiempo del título o la evolución de la humanidad futura en dos castas separadas. Sí, amigos, incluso manejando materiales tan clásicos, el modelo de Suvin se encuentra con problemas por su propia rigidez.

Lo que es indudable es que el formato de novum único resalta enormemente el carácter de “experimento mental” de la ciencia ficción. Por un lado el relato, ordenado de esta forma, remeda la estructura de un teorema o de una argumentación lógica en la que el novum es la premisa y los sucesos de la historia las conclusiones. Por otro, este procedimiento imita, en la medida en que el arte puede imitarlo, al método científico experimental en el que el fenómeno o magnitud que se pretende estudiar es introducido o producido en un ambiente controlado con objeto de poder comprobar cuáles son sus efectos. Si quiero escribir un relato sobre lo que yo creo que serían los efectos de la llegada de los extraterrestres a nuestro planeta, más me valdrá hacer que la historia suceda en el ambiente más cotidiano posible, en un contexto que, de hecho, sea el mismo en el que vive el lector excepto por el pequeño detalle de la llegada de los extraterrestres y todo lo que pueda derivar de ahí. Este es el motivo de que Wells decidiera escribir La Guerra de los Mundos, novela en la que los marcianos aterrizan con intenciones hostiles en la Inglaterra de su época y no en tiempos de los morlocks y os eloim.

Mientras el mercado de la ci fi estuvo copado por las historias cortas y las novelas (relativamente) sencillas de estructura, este procedimiento de “cambiemos una sola cosa y a ver qué pasa” funcionó de maravilla y las revistas de la Edad Dorada de la ci fi yanqui están plagadas de relatos de tipos corrientes de ciudades corrientes que se encuentran artefactos interestelares o portales dimensionales. Pero claro, en cuanto los autores comenzaron a albergar ambiciones de escribir novelas más largas y estructuralmente complejas, el procedimiento comenzó a mostrar sus limitaciones. Resulta frecuentemente penoso (aunque también se puede hacer bien, mirad las últimas de Miéville), que una novela de cierta magnitud se apoye sobre una única premisa.

Novums como granos de arena

Novums como granos de arena

El público postmoderno aspira a leer obras polifónicas en las que choquen diversas perspectivas y puntos de vista y que no se resuelvan necesariamente en un único punto de vista que sería el de “la verdad”. Esta aspiración es más acorde con nuestra experiencia contemporánea, ya que vivimos en una sociedad en la que distintos discursos compiten por el espacio público sin que ninguno de ellos alcance nunca la victoria definitiva ni pueda reclamar para sí la hegemonía de la verdad y la racionalidad. Nuestra realidad no es una línea de progreso incesante y necesario, sino un jardín de senderos que se bifurcan en la que todo es contingente, la proliferación de novums simultáneos es la norma y no resulta posible realizar experimentos ni “sociales” ni “mentales” en condiciones controladas.

En ningún campo es esto más cierto que en el de las ciencias que, a partir del los años sesenta del siglo pasado, han ido encontrando cada vez más difícil el hablar con una sola voz debido al creciente proceso de especialización y a la presencia de paradigmas rivales irreconciliables.

Istvan Csicsery-Ronay escoge a Philip K. Dick como ejemplo paradigmático de este nuevo tipo de ciencia ficción multi-novum, y es bien cierto que, si bien en sus primeras novelas y relatos se adhiere firmemente a la receta clásica, en sus obras mayores de finales de los sesenta nos encontramos con un paisaje bastante más exuberante. Si tomamos como ejemplo una obra relativamente menor como es Doctor Bloodmoney, veremos que en sus páginas conviven sin jerarquías claras astronautas disc jockeys, guerras nucleares, sociedades postapocalípticas, siameses malignos, poderes telequinéticos, ratas mutantes semicivilizadas e individuos mutantes que no lo son por la radiación sino por la talidomida. En realidad, esta tendencia, que en la ci fi comienza con PKD, es tan antigua como el propio racionalismo y se identifica aquí con la tradición romántica, o con lo que Istvan llama aquí el “modo carnavalesco”. Ejemplos de este “modo” en la ciencia ficción serían el cyberpunk (con su certeza de que el futuro no iba a ser “una jodida cosa después de otra, sino todas las jodidas cosas a la vez”), Angela Carter, Paul McAuley o el primer China Miéville.

Desde el punto de vista ideológico, además, las historias de un solo novum tienden a reforzar la impresión de que la única racionalidad posible es la tecnocientífica, que la Historia y la narrativa “hablan” en el idioma de la ciencia experimental o, más bien, que no hablan, que la que habla, y con una sola voz, es la ciencia cartesiana-baconiana. Esto resume bien las aspiraciones racionalidad de Suvin, que no ve esperanza ni potencial crítico-revolucionario fuera de los límites de la ciencia comme il faut. A nosotros, muy al contrario, nos da por pensar que la voz monocorde de la tecnociencia es, precisamente, la voz de la opresión y que si nuestros relatos no aprenden a hablar en otros idiomas, acabarán siendo portavoces del complejo industrial-militar como le pasa a la ciencia ficción norteamericana más conservadora.

Esto no es un novum... ni falta que hace

Esto no es un novum… ni falta que hace

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10 Responses to NOVUMS FICTIVOS: Esos locos, locos inventos.

  1. Pedro Terán says:

    (Viene rollo largo, lo siento.)

    Lo que sí que es cierto es que el criterio suviniano, utilizado en su vertiente normativa, dejaría fuera del canon un gran número de obras que han sido tradicionalmente concebidas, comercializadas y disfrutadas por los fans como ciencia ficción. (…) No tiene nada de malo ser ambicioso, sobre todo a la hora de hablar de un género que ha sido tan frecuente como injustamente denostado por su simplismo, pero dudamos profundamente de la utilidad heurística de una categoría académica que ejerce semejante violencia sobre el uso habitual que se hace del lenguaje

    Yo creo que esto es un error de entendimiento muy extendido y que en el fondo subyace la siguiente cuestión: ¿Para qué se define y qué es lo que se define? Es decir: una definición, ¿es un manual de instrucciones sobre el uso de un término, o es una descripción para demarcar una realidad previa sobre la que estamos de acuerdo? En las ciencias, las definiciones han tendido históricamente hacia ser formales: para mí un conjunto infinito es lo que cumple tal, tal, y tal, y a partir de ahí me olvido de a qué llamé conjunto infinito en una vida anterior. Si el autor H llama conjunto infinito a otra cosa, yo tomo nota de que para él un conjunto infinito es lo que yo llamo “vaso de agua”, y tan contentos.

    En el caso de Suvin, está claro que él ha aspirado a una definición formal de este tipo: yo llamo CF a lo que cumple tal, tal, y tal; y en virtud de que cumple tal, tal, y tal, y no de que yo tengo unas ideas intuitivas previas, puedo decir sobre ello esto, eso y aquello. Por tanto, si La mano izquierda no cumple esa definición, simplemente se sigue que las conclusiones de Suvin sobre la CF no necesariamente se aplican a esa novela.

    Ahí está la ventaja del enfoque formal: haces unas afirmaciones junto con unos criterios que permiten a los demás decidir a qué objetos se aplican y a qué objetos no.

    Suvin fracasa cuando intenta convencer chapuceramente al lector de que realmente la literatura del extrañamiento cognitivo sí es lo que él toda la vida había llamado CF, mientras que lo máximo que se puede esperar es que haya un solapamiento razonable que dé una categoría de muchas novelas, en su mayor parte consideradas de CF, sobre las que ahora podemos hablar mejor y más claramente.

    El enfoque formal, o formalista, o científico, de Suvin, ha sido denostado por muchos precisamente por ser lo que es, no por bueno o malo: porque no demarca aquello que intuitivamente consideramos CF, sino aquello sobre lo que Suvin podía hablar con alguna claridad, o con más claridad que los demás.

    Dependiendo del valor que uno le dé a poder hablar con claridad, el “poder heurístico” al que te refieres, que se cifra en que las conclusiones sean plausibles para todo el corpus intuitivo de la CF, será un criterio relevante o no. Es decir: generar heurísticamente muchas afirmaciones puede o no tener valor según seas capaz de especificar a qué objetos se está atribuyendo lo que dicen esas afirmaciones. Si tienes una incapacidad muy grande, como pasa con la CF, que nadie sabe ni ha sabido nunca demarcar la CF, ¿cómo vas a saber si esas afirmaciones que generas son acertadas o no? ¿Por que le molan a la gente?

    Si la definición de Suvin, que es muy humilde y muy imperfecta, violenta el uso común del lenguaje, el camino a seguir sería buscar definiciones mejores, que permitan decir muchas cosas dejando claro qué se está diciendo y de qué objetos. Que permitan decir más cosas acertadas de más libros.

    En cambio, desgraciadamente la definición de Suvin sigue siendo el máximo que se ha alcanzado en ese sentido. Comparémosla p.ej. con Csicsery-Ronay, para quien la CF es un indefinible monstruo de siete cabezas. El libro de CR hace probablemente varios miles de afirmaciones: coge una al azar y trata de discernir si es verdadera o falsa, verás que es imposible no solo decidirlo, sino dilucidar en qué consiste exactamente lo que está afirmando y bajo qué condiciones sería verdadero o falso.

    Y así no se puede construir nada. Para mí Seven beauties es un libro totalmente estéril porque no puedo fiarme de una sola de las cosas que se afirman en él, más allá de hechos como que en la pág. tal del libro tal se dice tal frase.

    • Lo que está claro, Pedro, es que el libro de Istvan es un ejemplo de lo que se suele llamar (normalmente con intención despectiva) “pensamiento débil” y que se esfuerza tanto en no dejarse encasillar en ninguno de las posturas teóricas que comenta a modo de turista que a veces resulta difícil saber si él aporta algo o lo deja de aportar al debate.

      En cualquier caso, prefiero guardarme mi valoración del conjunto para cuando hayamos terminado esta aventura de la lectura compartida, entre otras cosas porque todavía no he acabado el libro y sospecho que yo mismo pueda ser un representante del “pensamiento débil”, si bien muy a mi pesar…

      Un auténtico honor, por cierto, que usted comente por aquí.

  2. Pedro says:

    Buenísimo Félix. Da gusto leerte. Enhorabuena.

  3. Carlos says:

    Impresionante. Me quedo sin palabras ante esta entrada, tan clara como erudita. Esto no lo hace cualquiera, aunque ya le gustara.
    Me descubro, caballero.

  4. Odo says:

    Genial artículo, Félix. Me he dado cuenta de que, sin saberlo, mi intuición (difusa y torpe) sobre lo que es la CF (literatura del ‘What if’) coincide en gran parte con la idea de Suvin de extraer las consecuencias de un novum. Curioso.

    Por otro lado, quería preguntarte por qué mencionas como ejemplo de autores multi-novum a Paul McAuley. No he leído muchas cosas suyas, pero en todas me ha dado la impresión de ser un autor bastante tradicional en cuanto a la introducción de elementos nuevos (lo que no quita para que sea un autor que me gusta especialmente).

    • La respuesta a tu pregunta, Odo , me temo que va a ser decepcionante: yo tampoco he leído prácticamente nada de McAuley, lo cito como ejemplo de multi-novum porque el propio Istvan lo hace…

      Podemos preguntarle en Avilés.

  5. Odo says:

    Pues supongo que será por Fairyland (traducida aquí como El beso de Milena) que no he leído pero tiene fama de “carnavalesca”, ciertamente. Porque Cowboy Angels, que estoy leyendo ahora misma, es “as mononovum as it gets”.

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