RAISING STONY MAYHALL: Ciudadano Z

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Mis problemas con los zombies

Stony Mayhall llegó a mi vida en un momento en el que ya había perdido toda esperanza en el genero Z (hablo aquí de literatura, porque los zombies cinematográficos han sido y serán palabras mayores) . Sí, disfruté enormemente con World War Z, de Max Brooks, el paciente cero de este fenómeno, y también leí con cierta avidez los relatos de la primera recopilación de John Joseph Adams que en España publicó Minotauro. Luego vino la colección de Dolmen, la reescritura en clave Z de clásicos de la literatura como Orgullo y Prejuicio, The Walking Dead (el cómic: mucho mejor que la serie), Los Caminantes de Carlos Sisí… parecía como si el virus fuera perdiendo virulencia a medida que la pandemia se generalizaba (aunque, bueno, “virulencia” tal vez no sea la palabra exacta porque si de algo no van cortas las obras citadas es de escenas intensamente gore). El verano pasado compré una edición de bolsillo de la segunda recopilación de John Joseph Adams para Minotauro y la dejé sin terminar. Dije: la segunda ya tal, esto se ha vuelto realmente aburrido y repetitivo.

Y hasta ahora, pero es que desde hace un tiempo vengo escuchando un rumores sobre una mutación del virus original, una capaz de insulfar nueva vida al género de los cadáveres renqueantes, y, además, la noticia me llega a través de algunos de mis compañeros de El Fantascopio, extraordinarios y ávidos lectores en cuyo criterio confío o, por lo menos, sé de que pie cojean. El artefacto en cuestión se titula Raising Stony Mayhall (Ballantine), su lectura me ha deparado horas de sana diversión y, si bien no ha restaurado mi fe en los comecerebros, me ha convertido en fan de su autor, el hasta ahora desconocido para mí Daryl Gregory, cuyas otras novelas Pandemonium, ganadora de un premio Crawford sea lo que sea eso, y The Devil’s Alphabet me propongo adquirir en breve.

Así las cosas y porque siempre es de bien nacidos ser agradecidos, me dispongo a escribir una breve reseña para promocionar la causa de Daryl Gregory en nuestro país. La reseña será breve por dos motivos: porque pasado mañana nos vamos a Avilés a perseguir a Joe Abercrombie en el festival Celsius y porque ya existen al menos dos reseñas donde pueden leer ustedes sobre los méritos más evidentes de la novela (la invención del zombie encantador, los giros argumentales de 180º, los entrañables secundarios, el conmovedor final…); las encontrarán ustedes en La Biblioteca de Ilium y en Sense of Wonder, donde nuestro fenomenal compañero Odo también ha tenido a bien publicar una entrevista con el autor (¡Cuántos esfuerzos hace Odo por desasnarlos y qué mal se lo agradecen ustedes no nominándolo a los premios Ignotus!).

Se estarán preguntando a qué viene entonces, si la novela ya tiene padrinos, asestarles a ustedes otra entrada y, además, una redactada a toda prisa. Pues bien, es que resulta que este blog es mío y hago con él lo que me parece y, además, se da la circunstancia de que ni mis fenomenales compañeros ni la contraportada del libro, que nos habla de una deeply moving story of self-discovery and familiar love (a primera vista: ¡puaj!), aciertan a señalar un par de aspectos que me parecen la clave de la novela o, cuanto menos, son los que la han hecho tan atractiva para mí.

Nunca se puede decir este zombie no es mi padre

Nunca se puede decir este zombie no es mi padre

De qué hablamos cuando hablamos de zombies.

En su excelente reseña de La Chica Zombie de Laura Fernández (por cierto, la otra novela “de zombies” que leí el mes pasado y que tanto me ha gustado sobre todo porque no es de zombies), Miquel Codony señala que si algo bueno tienen los zombies es su capacidad para funcionar como decrépitas metáforas de otras cosas:

¿Cómo defender un subgénero basado en un detalle tan “material” como su inclusión en el argumento de un elemento X (donde X es igual a zombies, vampiros, corbatas de Snoopy o coches con matrícula acabada en 8, por decir algo)? Dejaré de lado, sin esnobismo, los argumentos de la familia de “es divertido”, demasiado inespecíficos para entender otra cosa que no sea la popularidad de ese grupo concreto de libros. Mi propuesta de trabajo es que el mejor argumento en torno al cual organizar esa defensa es el juego que dé X como metáfora.

Este enfoque no es nuevo y ya el clásico de estas cosas Monster Show, de David Skal subraya al hablar de Zombi, la célebre secuela de la romeriana  Noche de los Muertos Vivientes, su carácter de tropo de la sociedad de consumo:

Sátira de agudo filo, Zombi pobló un centro comercial con muertos vivientes devoradores de carne, una imagen indeleble del consumismo enloquecido. (Monster Show, Valdemar, pg. 387)

El primer día de las rebajas

El primer día de las rebajas

Y la verdad es que por estos cauces han discurrido la mayor parte de las producciones zombies posteriores, hasta el punto de que la imagen ha perdido todo su poder representativo y se ha convertido en un tópico más del amplio repertorio del fantástico con el consiguiente aburrimiento de los lectores. Conviene recordar, no obstante, que esa es sólo una de las posibles metáforas que pueden encarnar nuestros pútridos protagonistas/antagonistas. El origen de la primera película de zombies moderna (La Noche de los Muertos Vivientes) no es otro, por lo que leemos por ahí, que la experiencia de George A. Romero en los movimientos contraculturales y contestatarios de la década de los sesenta, cosa que se nota en el fondo (ese last man standing que sobrevive a la pesadilla sólo para ser abatido a tiros en la última escena por un puñado de rednecks armados hasta los dientes; era negro, claro, cómo iban ellos a saber) y en la forma (ese sobrio tono de cinema verité, o de película de arte y ensayo que contrasta tanto con el festival gore del resto de la saga). Recurramos una vez más a la inagotable sabiduría de David Skal y verán como la reseña va escribiéndose sola:

A mitad de los setenta las clases medias y bajas habían comenzado a perder terreno de manera perceptible. Para entonces La Noche de los Muertos Vivientes de George A. Romero se había establecido firmemente como una atracción fija en los circuitos de películas de medianoche, una alegoría primaria acerca de los que tienen y los que no (los “vivientes” y los “muertos”) luchando por el control y la ocupación de una emblemática casa.(Monster Show, pg. 449)

Precisamente por ahí van los tiros en Raising Stony Mayhall, novela en la que, tras una idílica primera parte en la que asistimos a la infancia/adolescencia de Stony en una granja de Iowa (y que es, literalmente, una infancia/adolescencia de novela de Stephen King; piensen en Cuenta Conmigo, con la salvedad de que aquí el prota está muerto), la narración pega un salto cuántico y coloca al lector en medio de los tejemanejes políticos de la LDA (Living Dead Army), la organización clandestina que agrupa a los supermurientes del primer outbreak zombie del 68, el mismo que sale en la película (aquí abiertamente documental) de Romero.

Las strippers zombies también son gente

Las strippers zombies también son gente

Deben saber ustedes que los zombies de Daryl Gregory atraviesan una primera fase virulenta que dura entre 24 y 48 horas y en la que se comportan como los típicos cadáveres furiosos de las películas, para a continuación volver en sus cabales y retornar al pensamiento racional en la medida en que lo practicaran en vida, sin nada que les impida convertirse en ciudadanos productivos excepto el pequeño detalle de que continúan siendo infecciosos.

No es que nada de esto llegue a la opinión pública, ya que la administración norteamericana, alarmada por la invasión del espacio público por parte de grupos incontrolados de melenudos, uy, perdón, de muertos vivientes, emplea mano de hierro en reprimir el brote ( se calcula que durante las primeras 24 horas es necesaria una tasa de exterminio del 99.6% para evitar la pandemia, porcentaje que se alcanza sin problemas con la ayuda de los consabidos milicianos gañanes y demás simpatizantes de la Asociación Nacional del Rifle ) y decreta a posteriori un apagón informativo (circulen, circulen, aquí no hay nada que ver) que condena a nuestros protagonistas a la clandestinidad más pelada.

Lo que sigue es un retrato bastante fiel de lo que debe ser la vida en una organización biopolítica radical y clandestina: los pisos francos, la paranoia, la rápida escisión del grupo en diferentes corrientes ideológicas ferozmente enfrentadas entre si:

The bite. Everything in LD life politics came down to the bite.

Think it’s a sin? Then you are an Abstainer. Did you believe some biting is necessary to maintain the LD population? Ah, a Perpetualist. And is you believed it was high time to stop hiding and rain down the apocalypse on the breathing oppressors –well then, welcome to the Big Bitters. (Raising Stony Mayhall, pg. 126)

La segunda parte de la novela contiene una de las mejores y más divertidas parodias de los procesos asamblearios que he leído nunca, imposible no recordar las risas que se echaba la prensa de derechas española (en realidad no hay otra) a cuenta de los campamentos del 15M cuando se leen fragmentos como este:

Así me imagino yo a Stony

Así me imagino yo a Stony

Resolution: That the terms “zombie”, “living dead”, “walking dead”, and “undead”, being not only inaccurate but offensive to our people and prejudicial to the attitudes of noninfected humans, shall be banned from all official documents as well as discouraged from casual use, in favor of the term “Differently Living.” (Raising Stony Mayhall, pg. 151)

La vida en la clandestinidad, la vida de terroristas, por utilizar la palabra en la que todos estamos pensando, no compensa, y, tras más de tres décadas de esfuerzos frustrados (frustrados por el gobierno pero también, no nos engañemos, por sus propias luchas internas), Stony y sus amigos se plantean cuestiones de esas que, tarde o temprano, asaltan a todo veterano de la lucha armada por muy idealistas que hayan sido sus comienzos. En los últimos tramos de la novela, asistimos al siguiente diálogo entre Stony y Mr. Blunt, el hitman de la organización:

“I know the blood’s on my hands”, Stony said. “I think about that every day.”

“And now is bothering you.”

“The killings have to stop, Mr. Blunt”

“Done”

Stony was surprised. “I… wasn`t sure you’d–“

“You think I’ve enjoyed my work?”

“No, of course not. But I thought–“

“In Thirty years I’ve arranged de destruction of forty-one LDs. I’ve personally assassinated twelve of them. No one should be asked to do such a thing.”

“I know you didn’t ask for the job. But I thought you, well…”

“Believed? I did once. But lately, lately…” He shook his head. “The irrationality of my position has become more difficult to reconcile. How many LDs must I kill to save them?”

(Raising Stony Mayhall, pg. 286)

Con este grado de explicitud y la que está cayendo, tal vez no sea de extrañar que Ballantine/Del Rey hayan optado por omitir toda referencia a este clarísimo subtexto en la contraportada y se hayan centrado en “la historia de amor familiar”, que también está ahí, no se crean.

Last girl standing

Last girl standing

Manteniendo las distancias.

Otro aspecto que encuentro a faltar en las reseñas arriba mencionadas y que para mí es uno de los más atractivos de la propuesta de Gregory es su carácter metanarrativo. Sí, ya sé que la dichosa palabreja se predica últimamente de cualquier novela o serie de televisión que venga impregnada de referencias a la cultura pop, pero es que aquí estamos hablando de una metanarratividad mucho más específica (centrada en los mecanismos típicos del género Z) y que, además, cuando aparece lo hace para cumplir una función concreta que no es buscar la sonrisa cómplice del lector. Y esto, en primer lugar, porque Daryl Gregory se ha dado perfecta cuenta de que el lector de Stony Mayhall llevará probablente a sus espaldas decenas de novelas de zombies y cientos de horas de cine y televisión sobre cadáveres ambulantes y no es buena idea esperar que vaya a llevarse las manos a la cabeza ante los manidos tópicos de siempre. Mucho mejor ir con la verdad por delante que andar preparando sorpresas que no son sorpresas para nadie. Vean, si no, como en el primer párrafo de la novela, Gregory da cuenta de mucha de la morralla genérica que a otros autores les da para páginas y páginas:

It is traditional to end with the Last Girl, the sole survivor, a young woman in a blood-spattered tank top. He drops her chain saw, her sawed-off shotgun, her crowbar -these details differ- and stumbles out of the ramshackle house and into the light. Perhaps the house is burning. Dawn glows on the horizon, and the ghouls have been defeated (for now, for now -all happy endings being temporary). Perhaps she’s found by her fellow survivors and taken to an enclave, a fortress teemeing with heavily armed government troops, or at the very least gun-toting civilians, who will provide shelter until the sequel. Perhaps this enclave is located in Easterly, Iowa, about sixty miles northwest of the ruins of Des Moines. Perhaps the girl’s name is Ruby. (Raising Stony Mayhall, pg. xi)

Modélico párrafo inaugural con el que el autor informa al lector de que esa es la historia que ya habrá leído decenas de veces, pero no es la historia que va a leer aquí.

Otro acierto que me ha hecho ponerme de pie y aplaudir en más de un par de ocasiones es la práctica ausencia de gore, cosa que en principio parece complicada en una novela de zombies, y que, me parece a mí, no tiene tanto que ver con el pudor y el recato como con la perspicacia de Gregory que se ha dado perfecta cuenta de que, tras los excesos del splatterpunk (en literatura) o, pongamos por ejemplo, el ultragore alemán o el torture porn francés (en audiovisual), cualquier intento en este sentido está condenado al fracaso o, peor aún, a cruzar la delgada línea que separa lo gore de lo kitsch (bueno, vale, esto ha sido un poco hablar por hablar y ahí están, por ejemplo, las novelas de Jack Ketchum para demostrar que aún es posible poner los pelos de punta con descripciones muy gráficas).

Pasa en las mejores familias

Pasa en las mejores familias

Para lograr esta hazaña (hazaña porque, recuerden, esto no deja de ser una novela de cadáveres reanimados que se alimentan de los vivos a mordiscos), Gregory recurre a un narrador intradiagético testigo autorial (Yolanda Espiñeira dixit) o, lo que es lo mismo, un narrador que forma parte de la trama como personaje secundario y que no tiene reparos en detener normal transcurrir de la narración para adelantar acontecimientos, comentar sucesos futuros o dirigirse al lector tratándolo de tú. Estas intervenciones intempestivas pueden servir para “desactivar” los clichés de las escenas “de tensión”:

In every horror movie, there’s the scene in which the next victim, sure that he or she is alone in a room, suddenly knows that someone or something else is there in the dark. The camera glides for a close-up, which cleverly heightens the tension because the shot narrows what the audience can see. The victim’s eyes shift left. The mouth frowns in concentration. We seem to be inside the character’s mind: Is that the sound of breathing? Did that shadow move? And why did the background music stop? (Raising Stony Mayhall, pg. 270)

En otros casos, el truco sirve para distanciarnos de las escenas más explícitas ya sea mediante observaciones generales (it was alarming how much was inside a living man when you started to turn him inside out) o, directamente, mediante la elipsis:

 Ruby jerked her arm back, thumbled the safety, then shoved the barrel of the gun into the woman’s jaw. She fired, and the woman’s face–

But you know what happened to the woman’s face.

(Raising Stony Mayhall, pg 346)

 Brillante, ¿verdad?

¿En serio?

¿En serio?

 ¿Cuándo se come aquí?

 No quisiera despedirme sin antes dedicar unas palabras a aquellos de ustedes que, por falta de familiaridad con el idioma de David Foster Wallace, no van a poder disfrutar de lo mucho y bueno que encierran las páginas de Raising Stony Mayhall: matricúlense en una academia de inglés, pasen un verano en tierras bárbaras…

 Lo que quiero decirles es que esta reseña no forma parte de ninguna maniobra editorial estructurada a largo plazo. No hay previsión ( y si la hay, yo no la conozco ) de que la novela se vaya a traducir a nuestro idioma, y esto a pesar de que en los últimos años hemos sufrido una auténtica epidemia de productos Z torpes y clónicos, pero es que Stony no encaja en la línea Z de Dolmen y tampoco creo que ninguna otra editorial se vaya a acercar a una novela de zombies ni con un palo por la cosa de evitar contagios y asociaciones indeseables. Es lo que hay. Nosotros nos lo hemos buscado. Sigan disfrutando de sus hypes que yo me voy a dormir la siesta, pero no me despierten cuando tengan entre manos una novela de zombies/postapocalíptica/de viajes en el tiempo/de fantasía épica/de invasiones de marcianos que crean que es lo más si la obra en cuestión no se las arregla para (a) retorcer las convenciones de su género como si fueran de plastilina y (b) hablar de Cosas Importantes sin dejar de ser divertida.

 Nos vemos en el Celsius.

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8 Responses to RAISING STONY MAYHALL: Ciudadano Z

  1. girotix says:

    Excelente reseña, como ya nos tienes acostumbrados en tu blog.

    Mira, le tengo manía a todo lo que se ha escrito sobre zombies posterior a “Soy leyenda”, pero entre todos me estáis dando ganas de hincarle el diente a la novela (¿Lo ves? Culpa vuestra si me salen estas expresiones ;-).

    Carles.

    • En verdad os digo que llevo unos días leyéndola y soy un converso de tal calibre que hoy por la mañana me levanté temprano, me puse a teclear como un poseso y a eso de las cinco de la tarde ya tenía todo esto escrito.

      Sigo sin dar una mierda por la cosa Z, pero ésta te la recomiendo muy seriamente. Palabrita.

  2. Carlos says:

    Te estás convirtiendo en lectura imprescindible, Félix. Un párrafo final que me guardo en el corazoncito.

    • Porque está vagamente inspirado en (lo poco que recordaba de) tu propia reseña en goodreads, tontín. Bueno, excepto por lo de las maniobras estructuradas,a largo plazo, que eso ya va a ser marca de la casa.

  3. Oyes, ¿os habéis fijado que lo de leer género Z es como lo de votar al PP? los libros se editan y, evidentemente, alguien los compra, pero nadie lo reconoce…

  4. yamas83 says:

    Muy buena y completa reseña, a pesar de la crueldad que se desprende en tus últimos párrafos. Primero pones los dientes largos y luego fulminas al ‘populacho’ como yo diciéndonos que de traducciones nada. Ahora mismo me voy a Amazon, me instalo un diccionario inglés-español para tontos y me meto de lleno en esta novela.
    Te vas a enterar… 🙂

    Por cierto, coincido en lo que comentas sobre el blog de Odo. Los senderos del ‘Ignotus’ son inescrutables. Pero que muy inescrutables.

    • Uy, Sergio, lo de “populacho” no te lo crees ni tú.

      En todo caso, la crueldad del último párrafo, si la hubiera o hubiese, no va dirigida ni hacia ti ni hacia el “populacho”, que bastante tienen ya con lo que tienen, sino a los responsables de que la cosa ( y no sólo la cosa zombie) esté todavía como está pese a los evidentes signos de recuperación… y a nuestros enemigos, claro.

      Ánimo, el libro no está en lo que yo llamaría un inglés difícil y, dado que los caminos del Celsius son ta ingnotos como los del Ignotus y muy tendentes a traer autores inéditos en castellano, lo mismo de aquí en un año nos encontramos tomando cañas con Daryl Gregory.

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