SUI GENERIS: There are more things.

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Con más sobresaltos que la vuelta al trabajo y escalofríos más gélidos que los provocados por la bajada generalizada de las temperaturas, el lanzamiento del sello editorial Fata Libelli ha sido, sin duda, la sorpresa más agradable de este septiembre, un mes que, como ustedes saben, es poco dado a las sorpresas agradables. Tampoco es que fuera una sorpresa inesperada; en los últimos meses se había hablado mucho sobre la intención de Silvia Schettin Y Susana Arroyo de entrar en el contubernio de la edición digital y el propio proceso de gestación y nacimiento de la editorial fue narrado por las orgullosas madres en una serie de posts que no hicieron otra cosa que elevar el nivel de las expectativas de unos suscriptores que estaban más que dispuestos a confiar ciegamente en la marca. Las altas expectativas son un equipaje incómodo a la hora de enfrentarse a un texto literario. En la mayor parte de las ocasiones, la realidad no puede competir con ellas, pero hay casos en los que nuestras expectativas no sólo son satisfechas sino ampliamente superadas por el producto real. Cuando casi han pasado dos semanas desde que recibí y devoré Sui Generis, el primer lanzamiento del sello, y aún no se ha disipado la profunda impresión que me provocó su lectura, creo posible afirmar que nos encontramos ante uno de esos casos.

Subtitulado simple e informativamente como “una recopilación weird“, Sui Generis ofrece tres ejemplos de narrativa extraña contemporánea de ascendencia británica y afinidades ligottianas que podríamos encuadrar en lo que ha dado en llamarse new british horror, una tendencia a la que también se suele asociar a autores tan punteros como Michael Cisco o Justin Isis y que muy bien podría permanecer perfectamente desconocida por el lector español de no ser por los esfuerzos de este par de santas que esperamos que nunca sean mártires. Llegados a este punto, lo normal sería embarcarnos en una obtusa disquisición sobre lo que es y no es lo weird en literatura, pero en esta ocasión nos lo podemos ahorrar ya que las propias editoras han hecho todo el trabajo sucio en este post y en este otro, que sirven además como introducción al libro propiamente dicho, y lo han hecho con mayor rigor y menor concentración de sabiduría popular de lo que yo sería capaz. Así las cosas, vamos a pasar directamente a hablar de los relatos.

Sui Generis contiene dos cuentos cortos y una novella (esto es una novela corta, para que se vayan ustedes desasnando). Los cuentos son bastante impresionantes, la novella es una bofetada de dimensiones metafísicas en toda la cara del lector. Vayamos por partes.

Reggie Oliver, clon de Vincent Price

Reggie Oliver, clon de Vincent Price

El volumen arranca, una vez superada la introducción que mencionábamos antes y puesta en marcha la lista de Spotify que sirve como banda sonora de la recopilación, con “La señora Medianoche“, de Reggie Oliver, una elección muy acertada que marca el parentesco de esta narrativa weird con el weird original (estoy pensando en M.R. James, por ejemplo), nacido en el seno de la tradición británica de la Ghost Story como superación y tal vez como crítica a la parafernalia gótica que venía lastrando este tipo de literatura desde tiempos de Ann Radcliffe. Suponemos al lector muy versado en la vida y, sobre todo, en los milagros de Montagne Rhodes James; si este no es su caso, le recomiendo que abandone inmediatamente la lectura de este blog porque tiene usted cosas más interesantes que leer.

¿Ya han terminado de leer todos y cada uno de los cuentos de James? ¿Sí? Sí, yo también desearía que hubiera escrito algunos más. El caso es que lo que ahora están ustedes en condiciones de comprender lo que quiero decir cuando digo que lo que ofrece aquí Oliver es una actualización de los cuentos del viejo James. Actualización que en todo caso sólo afecta al lenguaje y a los personajes, que ahora son  contemporáneos y reconocibles, pero nunca al mecanismo narrativo, que sigue siendo el mismo de siempre. “La señora Medianoche” es lo que Stephen King llama en Danza Macabra un cuento del garfio, es decir una narración cuya única razón estructural es conducir al lector a una grotesca revelación que se expresa idealmente en la última frase del relato. Esta revelación final justifica a posteriori todos los giros y acontecimientos de la trama tanto más cuanto más brutal y macabra sea y, en este sentido, hay que reconocer que el cuento de Oliver está bien dotado.

Por lo demás, se trata como decimos de una Ghost Story clásica, en la que los personajes van a tocarle las narices a un pasado atávico y terminan siendo castigados por sus excesos de una forma irónicamente adecuada que satisface nuestro retorcido sentido de la justicia. La modernización del ambiente y los personajes implica que en este caso los fantasmas no van a manifestarse para castigar “pecados” en el sentido religioso del término sino vicios más modernos e insidiosos. Sin ánimo de entrar en spoilers, diré que aquí el protagonista es un perpetrador de esperpentos televisivos que acabará siendo atormentado por otro perpetrador, en este caso victoriano, de espectáculos embrutecedores.

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Llama mucho la atención el hecho de que Reggie Oliver no se limite a la combinación/recombinación de tropes propios de la literatura de (este) género para componer un producto más o menos apañado, sino que persista en la intención original de proporcionar al lector una “conmoción espiritual”, como él mismo declara en esta entrevista. En la introducción a la colección de relatos Masques of Satan (Ash Tree, 2007), el propio autor proporciona más pistas para hacernos una idea de lo que ocurre en sus relatos y en su cabeza:

The stories that follow may contain humour and artifice, but they are essentially serious. They are not divertissements: in fact, I have become convinced that to write ghost stories of lasting merit it is necessary to believe in the possibility of eternal damnation. I am fully aware that this sounds a harsh, even barbarous statement, but I do not want to qualify it, only to explain. I do not mean by it that one needs to subscribe to a particular religious creed. On the contrary I believe that rigid, dogmatic beliefs are usually inimical to good writing, especially when the holder of those beliefs cannot resist a sermon. (Dante, Milton and Bunyan may perhaps provide partial exceptions to this rule.) On the other hand a sensitivity to the spiritual is essential, as is a belief in its eternal significance. 

El que tiene boca se equivoca

El que tiene boca se equivoca

“Cuando dices “tigre”, un tigre pasa por tu boca”, afirmaba un sofista despistado en un diálogo de Platón y algo de esta concepción atávica de los órganos fonadores queda en el relato de impronunciable título (“THYXXOLQU”) que aporta Mark Samuels a este volumen. La boca es fuente de no poco repelús en general y en virtud de su dualidad funcional: es el agujero del que surgen las palabras, vehículo del pensamiento, pero también es una herida en medio de la cara a través de la que se ingieren cuerpos muertos, en el peor de los casos los de nuestros propios semejantes. La boca es lo que utilizaba Sócrates para dirigirse a sus discípulos, pero también es lo que utilizaba Cronos para devorar a sus hijos y, especialmente en este último sentido, puede verse como fuente de infecciones y pestilencias. Lo peor, nos informa el psicoanálisis, es cuando uno confunde y mezcla ambas funciones, la de proferir y la de ingerir, un estado de la mente en el que las palabras pueden ser también vehículo de enfermedades y contagios y eso es, precisamente, lo que ocurre en el cuento de Samuels.

Si el modelo literario de Oliver era M.R. James, resulta claro que en esta inquietante y breve incursión el el fascinante mundo de la glossolalia, Samuels se ha dejado guiar por Ligotti y por su particular apropiación del tema lovecraftiano de la transformación en el Otro. El detalle de que los primeros contactos del protagonista con el lenguaje corruptor no se produzcan a través de grimorios polvorientos sino de vallas publicitarias y etiquetado de productos de consumo trae a la mente el “horror corporativo” del americano, algo de lo que nunca nos verán quejarnos, aunque sí que es cierto que el relato resulta algo derivativo en ese sentido.

Ynys-y-Plag“, el título de la novela corta de Quentin S. Crisp, puede parecer también cosa de glossolalia, pero no: es galés. En concreto, el nombre del pueblo galés donde se sitúa la acción. Debo confesar abochornado que yo desconocía por completo la existencia de Crisp y de Chômu Press, su editorial,(algo que ya me he puesto a solventar con mucho gusto), bueno, de hecho, por desconocer, desconocía también la existencia de los otros dos caballeros, pero éstos al menos hablaban lenguajes literarios que sí conocía; esto es menos cierto en el caso de Crisp, que me tuvo despistado durante gran parte del transcurso de mi lectura.

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En la introducción se nos informa de que Crisp es un gran aficionado al zuithitsu, una forma literaria japonesa que mezcla ensayo con ficción, y cuya influencia creemos detectar en este prólogo fictivo redactado a regañadientes por un fotógrafo a petición de los editores del volumen recopilatorio de “Huellas“, su serie de fotografías más celebrada, serie con la que, según se nos informa desde la primera página, tiene una relación de amor/odio claramente escorada hacia el lado del odio. La narración avanza entre disquisiciones sobre el arte de la fotografía, presagios, insinuaciones y paisajismos varios, elementos todos ellos que hacen tambalearse la fe del lector en el carácter narrativo del artefacto, antes de que podamos hablar de ninguna acción o, ni tan siquiera, de personajes distintos del propio narrador. Pero todo llega si tienen paciencia, y para entonces, estarán ustedes aprisionados entre paredes bastante altas y el único camino viable será continuar avanzando al encuentro de una representación del mal que tiene poco de “trivial” y mucho de metafísico.

Es un hecho bastante infrecuente que uno, que ya es un lector/espectador encallecido de todo tipo de desmanes, llegue a horrorizarse realmente leyendo relatos “de horror”. En este caso ha ocurrido, y eso habla muy bien de las habilidades de Crisp, que ha tejido una atmósfera irrespirable con los elementos más minimalistas que pueda echarse uno a la cara.

En resumen, una recopilación que vale mucho más de lo que cuesta tanto por el calibre de los textos incluidos como por lo que intuimos que puede ser la función y la naturaleza (efectivamente sui generis) de Fata Libelli en nuestro panorama editorial. Repasemos, por un lado tenemos a los grandes grupos editoriales que más o menos recientemente han iniciado sus colecciones de literatura fantástica con la esperanza de montarse en el tren de lo que se ha dado en llamar periodísticamente “el-boom-de-la-literatura-fantástica” y conseguirse un George R.R. Martin para sus catálogos que les permita capear los bajíos económicos en los que nos encontramos. Por otro lado, están un montón de sellos indies, entre ellos muchos digitales, que trabajan con autores nacionales a un nivel artesanal y que limitan al sur con el infierno de la autoedición de ebooks, una práctica que amenaza con acabar para siempre con la imagen pública del libro digital, ya bastante deteriorada por aquello de que el gran público lo considera sinónimo de “libro gratis”.

La liga de las pelirrojas

La liga de las pelirrojas

Fata Libelli representa lo que podríamos llamar una tercera vía: una editorial digital (que puede, por lo tanto, prescindir de unos canales de distribución que, como es bien sabido, son EL MAL en nuestro país) que ofrece un producto totalmente profesional y que se dedica a la traducción de autores que gozan de un cierto culto en sus países de origen pero no pueden ni por asomo alcanzar los márgenes de beneficios que esperan en RBA o en Random House Mondadori.

En las últimas semanas, voces como la de Nacho Illarregui se han alzado para expresar sus dudas razonables sobre la rentabilidad de los proyectos editoriales de RBA y Mondadori. Me parece muy bien que alguien se preocupe de esas cosas del dinero, aunque uno tiende a pensar que esos deberían ser los responsables y accionistas de las editoriales, que al fin y al cabo son los que se la juegan, pero desde mi propia óptica puramente egoísta no me importa lo más mínimo si las mencionadas editoras flotan o se hunden, lo que sí que me importa es ahorrarme el trabajo de leer en inglés a los autores que realmente me interesan y, en ese sentido, mi apuesta y mi dinero está con las Fata Libelli.

Ustedes deberían hacer lo mismo.

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