SUBTE: Oscuros, oscuros eran los túneles.

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Otra novela, la tercera. No voy a contar el argumento (otra vez: el asesino es el mayordomo), pero puedo decir que vuelvo a describir una tribu (o dos) y gente que vive al límite. Curiosamente tengo el título: Subte. Supongo que en España podría llamarse Metro, pero es menos gráfico.

Rafael Pinedo en esta entrevista.

En una de sus intervenciones públicas más celebradas, el filósofo y entretenedor de la juventud Slavoj Zizek afirmó que para los ciudadanos de las sociedades occidentales resultaba más fácil imaginar el fin del mundo (preferentemente con muchas explosiones y gente corriendo como animalicos) que el fin del capitalismo. No le falta razón al esloveno, sobre todo si tenemos en cuenta la frecuencia con la que el cine y otras formas de entretenimiento masivo tratan el tema de la extinción a escala planetaria. Pero no nos engañemos, lo que la civilización del espectáculo demanda y consume bajo la rúbrica de lo apocalíptico no es otra cosa que más de lo mismo: espectáculo. Queremos ver al asteroide golpeando la Tierra, al tsunami arrasando la costa y asistir a los primeros síntomas de la enfermedad que transformará a nuestros contemporáneos en zombis saltimbanquis. Queremos ver todo esto en pantalla grande y en 3D, para no perder detalle de cómo el héroe evita la tragedia en el último instante o, en el peor de los casos, de cómo la humanidad se reorganiza y logra sobrevivir sin alterar demasiado sus valores que son los nuestros, los de verdad. La humanidad esto, la humanidad lo otro… “son ustedes cojonudos”, parece decir el moderno género apocalíptico a sus espectadores.

Si tomamos el relativamente reciente Paisajes del Apocalipsis (Valdemar) como muestra de la vertiente literaria del género en las últimas décadas, veremos que, pese a que el tono es en general más fúnebre que en sus versiones audiovisuales, tampoco faltan las loas a nuestra capacidad organizativa y de supervivencia. En algunos casos, incluso, da la impresión de que el derrumbe de la civilización es la condición necesaria para que los protagonistas comiencen a vivir vidas más humanas, lejos del rumor de los móviles y las impresoras. Hay por ahí visiones profundamente conservadoras y moralistas, profundamente optimistas, también, que nos dicen que la culpa será nuestra, que todo ese plástico sin reciclar será la tumba de nuestra forma de vida, lo que a su vez dará lugar a otra forma de vida más auténtica, la de la comunidad rural norteaméricana de principios o mediados del siglo XX con la que sueñan los comunitaristas.

Hobbes, sin Calvin.

Hobbes, antes de conocer a Calvin.

Me van a permitir que, salvando todas las distancias, compare este fenómeno de la ficción postapocalíptica con esa otra ficción política del Estado de Naturaleza que obsesionaba a los filósofos del XVIII. En ambos casos se trata de buscar una ventana que nos permita contemplar la hipotética y elusiva “naturaleza humana” despojada de toda la distorsión que aparentemente le imponen los ropajes de la civilización, con la única salvedad de que donde estos ponen el momento privilegiado en el inminente final, aquellos lo buscaban en el remoto principio.

Rousseau, Locke, todos los pensadores de este palo que luego pasarían a la historia como padres enrollados del liberalismo y la democracia practicaban este ejercicio lisonjero y, en consecuencia, se les llenaban las páginas de buenos salvajes, de honrados patriarcas dotados de un derecho natural a la propiedad privada y de una notable prudencia que les permitía separar el bien del mal y vincularse mediante contrato en ausencia de autoridades establecidas. Hobbes, al que seguramente conocerán ustedes como un malvado teórico del absolutismo, cantaba otra canción, una en la que los hombres eran lobos y sus vidas eran breves y brutales, desterradas las sutilezas de la civilización en aras de la pura supervivencia y liberados de todo freno los instintos destructivos de la especie.

Como suponemos que el lector sabe de sobra que “quien bien te quiere, te hará llorar”, no vamos a perder el tiempo aclarando que los auténticos amigos del hombre son los que hablan mal de él.

El caso es que el argentino Rafael Pinedo (1954-2006) es el Hobbes del género postapocalíptico moderno, al menos a juzgar por lo que nos ofrece en Subte. Aquí tenemos a la humanidad barrida de la faz de la Tierra por una catástrofe indeterminada, viviendo bajo tierra en las ruinas de antiguas infraestructuras, reducida la civilización a su estado más tribal y, con ella, la subjetividad de los personajes a lo más rudimentario. ¿Personajes? ¿He dicho personajes? En realidad, sólo hay un personaje.

El hombre es un lobo para el hombre.

El hombre es un lobo para el hombre.

Una vez establecido qué tipo de novela apocalíptica es Subte pasamos a explicar por qué es no sólo una de las mejores novelas que hemos leído este año, sino una de las mejores novelas de ficción especulativa que hemos leído nunca… y además escrita originalmente en castellano, con lo que nos ahorramos los sustos de la traducción.

Lo primero que llama la atención de Subte es su delgadez; el libro no llega a las cien páginas. Lo primero que leemos es:

Corría aterrada por las vías. Apenas podía controlar el bamboleo de su enorme vientre de ocho lunas de embarazo.

Fíjense como en apenas dos frases de las cortas, Pinedo presenta a la vez el conflicto, las motivaciones del personaje principal y todo lo que necesitamos saber del setting, o sea, que es el tipo de situación en la que la gente cuenta el tiempo por lunas y en la que las mujeres gravemente embarazadas pueden encontrarse con la eventualidad de tener que correr por sus vidas. Enseguida sabremos con idéntica economía de medios que huye de una jauría de lobos y que toda la escena transcurre en un túnel de metro abandonado.

Este comienzo in media res es una buena muestra del estilo de Pinedo, que parece comprometido en la meritoria misión de reducir la prosa a su mínima expresión necesaria. La información fluye hacia el lector a través de frases cortas y sencillas, sin florituras, la mayoría centradas en las sensaciones más inmediatas de la protagonista. En Subte no hay sitio para las explicaciones, de hecho, el único punto en el que Pinedo se permite alguna alegría con la exposición es ese en el que Proc, la protagonista, traba efímera amistad con una mujer de otra tribu, y eso no ocurre hasta pasada la mitad del libro. Show don’t tell a rajatabla, como pueden ver, y no como esos autores a los que parece que les pagan al peso por llenar páginas y páginas de aburridas explicaciones.

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¡Todos al cine a ver The Cabin in the Woods!

Ya sabemos que hay una tía embarazada huyendo de unos lobos por un túnel del metro abandonado ¿qué más queremos saber?

Por si esto no fuera lo suficientemente minimalista, tras este trepidante comienzo en la penumbra (mirar en la penumbra, orientarse, después correr, pag. 23), la protagonista se adentra en la oscuridad más absoluta. No es una metáfora chusca, no, es que la mayor parte de la acción de Subte sucede en túneles a los que no llega la luz. La protagonista no ve nada y, en consecuencia, nosotros tampoco; el texto no nos ofrece ninguna información visual. Piensen por un momento en el tipo de reto que esto plantea. En la mayoría de las novelas la mayor parte de la información que recibimos es visual, de hecho, un consejo que se suele ofrecer en los manuales de escritura para principiantes es que se procure incluir algún otro tipo de información además de la estrictamente visual en las descripciones con objeto de hacerlas más vívidas. Sin luz, la prosa queda despojada de todo lo que no sea la minuciosa relación de todas las operaciones corporales y estados subjetivos de Proc. El efecto logrado de este modo es sorprendentemente hipnótico.

Pinedo juega con las repeticiones:

Una mano, la otra, enlazar las rodillas y los pies, una mano, la otra, enlazar las rodillas y los pies. Muchos latidos, muchas veces, muchas.

Con las repeticiones y los saltos de carro:

 Siguió bajando.

Tuvo sed. Bebió un poco. Tuvo hambre. Comió algo de lo que tenía en el morral. Descansó. Durmió.

Siguió bajando.

Se detuvo varias veces. Se alimentó varias veces. Se terminó la comida. Agua le quedaba poca.

Los ojos abiertos o cerrados veían lo mismo: nada.

Siguió bajando.

Civilización: simplemente di NO.

Civilización: simplemente di NO.

En fin, Pinedo utiliza todos esos recursos de imitación beat al estilo de James Ellroy con el importante matiz de que a él le quedan bien, sin rastro de pelusa adolescente sobre el labio superior.

Sabiendo todo esto, tal vez les sorprenda a ustedes saber que Subte no es en absoluto una de esas novelas en las que los personajes corren por ahí como gallinas decapitadas y toda la trama se reduce a ver como se salvan primero de un peligro y luego de otro. No señor. La historia también tiene interés, que es lo que cuenta, y no descartaría que al llegar ustedes al final no les fuera a estallar en la cabeza, como se dice ahora.

Si hacen un pequeño esfuerzo de memoria podrán recordar ustedes el mito platónico de la Caverna que estudiaron para la selectividad. En él, unos prisioneros pasaban su vida en la semipenumbra de una morada subterránea hasta que uno de ellos era liberado, ascendía a las regiones superiores de la superficie y se extasiaba en la contemplación de las flores, los ríos y los pajaritos. Y del Sol. La luz del Sol es buena, tanto que el prisionero liberado volvía a su prisión ascendido, esclarecido e iluminado.

Subte puede leerse como una hábil y traviesa inversión de esta vieja historia. Sólo que aquí la luz es mala. La luz solar tiene algo que ver con la catástrofe indeterminada que ha acabado con la civilización y es temida por los supervivientes como causa de tumores y malformaciones, de modo que cuando Proc se aleja de la relativa seguridad de su tribu y su morada subterránea penumbrosa no tiene más remedio que dirigirse hacia abajo, hacia las regiones ctónicas donde la oscuridad es completa y tendrá que arrastrarse por túneles viscosos del mismo modo que lo hace o lo hará el feto que lleva en su propio vientre. Durante su viaje entrará en contacto con el Otro en forma de tribu perfectamente adaptada a la completa falta de luz. Este contacto es, sobre todo, la ocasión que aprovecha el lector para hacerse una composición de lugar porque lo que es la protagonista desaprovecha por completo esta ocasión de trascender dialécticamente las categorías de su propio, ( y nunca mejor dicho), túnel de realidad y se queda exactamente como estaba.

Simpática imagen.

Simpática imagen.

Tanto es así que, cuando al final pasa lo que pasa, no tiene otra cosa que hacer para a adaptarse a lo inaudito de su situación que… pero, un momento, que esto iba a ser un spoiler sobre el mismísimo final, ya saben, el justo momento en el que, como les prometí, hay bastantes probabilidades de que les estalle la cabeza, así que mejor será guardar silencio como Wittgenstein.

Alabanzas sean dadas a Fernando Martínez Gimeno y a Francisco Javier Pérez por recomendarme la novela, y a la editorial Salto de Página por rescatarla del -esta vez sí- injusto olvido.

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3 Responses to SUBTE: Oscuros, oscuros eran los túneles.

  1. girotix says:

    Otra excelente reseña. ¿Cómo lo consigues?

  2. Lector Serio says:

    Se te echaba de menos, la verdad sea dicha. // En cuanto a Pinedo, tendré que probar, aunque lo del ‘minimalismo boludo’ no sea lo mío. Me declaro un poco anti-miniaturista (sin dejar de admitir su encanto); el ‘miniaturismo’ es lo que digo yo (han dicho algunos) que es en lo que destacan muchos autores argentinos, empezando por César Aira.

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