El Uso de las Armas: La guerra interminable.

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Los libros de Iain M. Banks llevan en la pila desde un tiempo que cabría sin exageración calificar de inmemorial. Los hábitos decadentes y la mala organización vital han hecho que tuviera que morirse el pobre hombre y, más decisivo todavía, que doña María Leticia Lara Palomino, a los mandos del Vehículo General de Sistemas Fantástica Ficción, decidiera ejercer sobre mí la coacción necesaria para animarme a emprender la tarea pendiente y así poder relatarles a ustedes las excelencias del escocés en general y de El Uso de las Armas en particular, algo que sin duda le agradezco porque de otro modo, mucho me temo, la novela habría quedado relegada al limbo de los libros sin duda importantes pero que por un motivo u otro uno nunca termina de empezar.

El Uso de las Armas (1990) es la tercera novela del ciclo de La Cultura que, para volver al asunto que puso los libros de Banks en la pila en primer lugar, tiene fama de ser el catalizador que posibilitó la afortunada rehabilitación de la space opera como un género que puede ser leído y disfrutado sin rubor por personas humanas que ya hayan dejado atrás los años del acné. Vaya por delante que en esta casa somos, al igual que Istvan, de la opinión de que la space opera, ese género tan fácilmente denostado, es el niño en el bautizo de la ciencia ficción moderna, entendida como heredera de un determinado tipo de literatura de aventuras. Lo que pasa es que la sombra de Star Wars es alargada y, bajo ella, la space opera adquirió una fama no del todo inmerecida de literatura escapista de buenos y malos, tramas simplonas y ositos de peluche; nada de esto nos parece mal, no se confundan, lo que ocurre es que llega un momento en la vida de todo hombre en el que uno -¡por fin!- quiere leer cosas con más sustancia y, si además quiere hacer esto sin renunciar a las naves espaciales, las civilizaciones alienígenas y los rifles de plasma, sabe que le ha llegado el momento de acudir a papá Banks porque, no nos engañemos, Banks es el padre literario de Peter F. Hamilton, Alastair Reynolds y todos esos autores británicos de new space opera que tanto lo petan hoy en día.

Más majo que las pesetas.

Más majo que las pesetas.

La Cultura, esa versión banksiana de los clásicos imperios y federaciones galácticas, es el primer y más importante hallazgo de las novelas de Banks. Gracias al artículo tan gentilmente traducido/adaptado para nosotros por Cristina Jurado, sabemos que La Cultura es esa federación de civilizaciones compuesta por ocho especies humanoides con sus correspondientes tecnologías, que conviven con un gran número de formas de vida diferentes. La dilatada historia de dicha federación comprende la aparición y desaparición de imperios, numerosas olas de colonizaciones, guerras cruentas, épocas oscuras para algunas civilizaciones y renacimientos para otras, periodos de construcción y destrucción, etc.o lo que es lo mismo: el cronotopo definitivo, el escenario más vasto posible tanto en términos temporales como espaciales, capaz de albergar en su seno la más sorprendente variedad ontológica y antropológica, tal y como piden los cánones del relato de aventuras desde tiempos de Homero.

 Por lo que a nosotros respecta, es decir, en el período de su historia en el que se enmarca la acción de El Uso de las Armas, La Cultura es un ejemplo típico de civilización post scarcity, una sociedad que ha dejado atrás la economía de la escasez para transformarse en un auténtico estado de bienestar por obra y gracia de potentísimas inteligencias artificiales capaces de asignar los recursos con mucha mayor eficacia y sentido de la moral que la famosa Mano Invisible de los Mercados. Visto de este modo, La Cultura es la verdadera utopía socialista, donde el trabajo es voluntario y los milagros de la medicina han logrado que todo el mundo pueda llegar en forma a los cuatrocientos años disfrutando una vida de hedonismo y sofisticación. No parece el escenario más propicio para ambientar una space opera, y menos una que alude a las armas y a su uso ya desde el título, porque es evidente que a una sociedad de estas características deberían faltarle los motivos y la ocasión de ejercer la violencia de forma organizada. ¡Nada más lejos de la verdad!

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En realidad, como ya se implicaba más arriba, La Cultura comparte la galaxia con decenas o cientos de civilizaciones autónomas que no llegan a su ejemplar grado de desarrollo moral y tecnológico, civilizaciones muy aficionadas al conflicto bélico y al fanatismo, economías de suma cero, sistemas que poco o nada tienen que ver son el socialismo científico de La Cultura; gerontocracias, etnarquías, estados teocráticos, hegemonarquías… La Cultura mantiene en esos lugares una suerte de tutela o neocolonialismo benévolo, los asiste en materias tecnológicas, pero también espera influir y, de hecho, determinar, la vida política de estos planetas y sistemas para así acercarlos a su propia órbita ideológica en asuntos sensibles (para ellos) como el estatus jurídico de las inteligencias artificiales. Si se fijan, es una papel muy parecido a la que quiso adoptar la UE durante la década de los noventa en su relación con los estados balcánicos y, por lo que se ve, lo representan con igual fortuna ya que la mayoría de las intervenciones quirúrgicas y calculadas de La Cultura en el delicado equilibrio de los demás se saldan con auténticos estropicios geopolíticos, quiero decir: guerras.

La Cultura tiene a su disposición, como pueden ustedes suponer, un potente arsenal militar que va desde cositas como Unidades de Ofensiva Rápida Torturador, enormes naves inteligentes capaces de destruir planetas enteros a personas, como Cheradenine Zakalwe, el protagonista y, por lo tanto, héroe de la novela para nosotros, los lectores, pero que no pasa de ser precisamente eso, un arma igual que un garrote o un misil nuclear, para sus superiores y para él mismo. Zakalwe es agente de Circunstancias Especiales, eufemismo que designa al brazo armado de Contacto, el departamento administrativo que gestiona las relaciones de La Cultura con otras civilizaciones más primitivas. Eufemismo o no, la denominación es sorprendentemente literal: Circunstancias Especiales entra en acción siempre que la situación llega a un punto en el que la diplomacia de las conferencias de paz deja de funcionar y quedan provisionalmente abolidos los altos ideales humanísticos que animan normalmente las acciones de La Cultura. Nuestro protagonista, Zakalwe, vive por motivos laborales en este estado de suspensión ética por lo que para él estas situaciones no son “especiales”, son habituales.

Vaya por delante que, después de la propia Cultura, Zakalwe es el mejor hallazgo de la novela pues a lo largo de sus páginas se revela como un personaje complejo e intrigante. Esto es así no tanto por la naturaleza de las peripecias en las que se ve metido, que no difieren demasiado de las propias de estas historias de soldados o espías profesionales, sino, sobre todo, por la forma en que Banks elige contárnoslas. El Uso de las Armas es una de esas novelas como El Atlas de las Nubes en las que las complicaciones estructurales están para algo y, en lugar de entorpecer la experiencia lectora para reclamar atención sobre su propio carácter de artificios (opción muy respetable, OJO), intensifican muy eficazmente el efecto de suspense de la novela, administrando la información que se suministra al lector de manera aparentemente caprichosa pero muy precisa y maquiavélica hasta llegar a la gran revelación final que lo deja a uno con cara de tonto y empezando a vislumbrar las formas del puzzle cuyas piezas llevamos reuniendo toda la novela.

¿Vehículo General de Sistemas?

¿Vehículo General de Sistemas?

En el reciente y muy vistoso Wonderbook, Jeff VanderMeer pone El Uso de las Armas como ejemplo de complicación estructural virtuosa y no es para menos. La novela nos ofrece dos corrientes narrativas que se alejan de un punto cronológicamente central que se correspondería con el comienzo de la misma. Una de ellas (A) avanza hacia delante en el tiempo, contando de forma más o menos lineal la historia de una de las misiones, tal vez la última, de Cheradenine Zakalwe ; esta parte se lee como una novela de intriga y aventuras en la que lo que mantiene el interés es saber qué pasa después, cómo se libra el héroe, también conocido en este contexto como handyman, de la apurada situación en la que se ve metido . La otra línea narrativa (B) avanza hacia atrás en el tiempo y lo hace, además, a saltos, ofreciéndonos una selección de “momentos estelares” de las anteriores misiones de Zakalwe, la mayor parte de ellos pertenecientes a esa noche oscura del alma que todo héroe debe atravesar durante su viaje de acuerdo con las exigencias del monomito campbelliano. Son momentos de gran intensidad dramática en los que el personaje se da al ensimismamiento y esto da lugar a flashbacks que complican aún más el puzzle pero que resultan efectivos como teasers, pues funcionan más bien como flash forwards (recordemos que esta parte de la narración avanza hacia atrás en el tiempo) que adelantan aquello que el lector ansía saber y que no es el final, sino el principio, es decir, el momento en que por fin sabremos quién es Cheradenine Zakalwe y por qué hace lo que hace, porque las motivaciones últimas del personaje, sobre todo las que dirigen sus decisiones al final de la otra línea narrativa no se comprenden plenamente hasta que asistimos al momento originario que lo define como tal personaje.

Todo este artefacto narrativo que en otras manos resultaría vano alarde, se amolda aquí con perfecta naturalidad al tema de la novela que no es otro que la futilidad de la guerra. La guerra, como ya dijimos cuando tocó hablar de Los Héroes de Joe Abercrombie, es, en nuestra opinión, una situación carente de toda progresión dramática; la guerra es cíclica, se repite cada poco tiempo y las victorias de un día serán derrotas al siguiente. Las guerras no las gana nadie, nunca… a menos que sean guerras de ficción, que las suelen ganar los buenos, y esto no tanto por un empeño deliberado de los escritores de novelas de género por convencer a la juventud de que los problemas realmente se arreglan mediante la violencia, sino más bien, nuevamente, por exigencias del dichoso monomito.

Cualquiera puede ser Zakalwe

Cualquiera puede ser Zakalwe

La historia que se narra en la línea (A) es una versión descreída pero fiel de este Viaje del Héroe: en ella Zakalwe es convocado a defender los intereses de La Cultura en un conflicto local y desempeña su papel con gran eficacia, superando todos los obstáculos que se interponen en su camino con una mezcla de astucia, superioridad tecnológica y fuerza bruta muy en la línea del handyman de la Robinsoniada. Así las cosas, no resultaría extraño, si leyéramos solo esta parte de la historia, que tendiéramos a atribuir a Banks una cierta apología de las virtudes militares que no se aviene nada bien con las conocidas simpatías izquierdistas del escocés. La línea argumental (B) sirve de eficaz contrapunto en este aspecto, relativizando el papel progresivo que la violencia representa en (A) al ofrecernos una concepción del tiempo y de la guerra más próxima a la del Eterno Retorno de lo Peor. La vida del guerrero profesional aparece aquí como una privada de todo sentido de la conclusión, una sucesión de instantes idénticos pero diferentes en la que no importa el grado de habilidad y dominio que uno despliegue para vencer las dificultades: éstas siempre vuelven a aparecer, el orden nunca se restaura y el merecido reposo nunca llega. Por trabajar para La Cultura, al pobre Zakalwe se le niega incluso la clausura que se suele conceder a los que viven del oficio de las armas. En el transcurso de sus aventuras resulta asesinado con frecuencia, una vez, incluso, decapitado, pero nunca está lo suficientemente muerto como para que la milagrosa tecnología médica de La Cultura no lo pueda resucitar para ponerlo otra vez a hacer lo que mejor sabe hacer.

Si a todo lo hasta ahora expuesto añadimos que la prosa de Banks es correcta y funcional, muy educadita, de esas que nunca distraen al lector de lo que está leyendo, quedará claro que lo que estoy intentando decir de manera un tanto embarullada es que mi primer contacto con el universo de La Cultura ha sido más que satisfactorio y si ustedes estaban despistados como yo, al menos deberían leerla para saber de qué hablamos cuando hablamos de space opera de un par de décadas a esta parte.

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